25/9/07

A día de hoy.

Apenas termino de leer mi primera novela de D. Aquilino Duque. Antes había leído con mucha atención algunas de sus obras de carácter ensayístico y periodístico. En la columna de enlaces puede encontrar, el eventual lector de estas líneas, el correspondiente a su blog bajo el título de Ducado de Viñamarina. He salido de la lectura de La Linterna Mágica con la certeza de encontrarme con un autor de un valor excepcional, un maestro de la literatura española, lo que me parece que no es poco dada la excepcionalidad, a su vez, de ese campo - "literatura española" - que conoce, o acaso "haya conocido", una nómina de escritores cuyo estatura no es fácil exagerar.
Mucho antes que el ahora afamado Michel Houellebecq, con un estilo más preciso y, sobre todo, personal y políticamente más limpio, Aquilino Duque describe la escombrera histórica de la ultramodernidad a que han arrastrado a Europa las vanguardias del progresismo. La tragedia de simple descomposición de la ultramodernidad se estrecha hasta concretarse en el personaje de Quimo, que es - al parecer - trasunto del escritor cubano Calvert Casey, que me es completamente desconocido.
Pero no escribo estas líneas para recomendar encarecidamente una obra que ya supongo conocida por ese improbable lector (cada vez más improbable en esta especie de campana de vacío con que nuestro tiempo nos envuelve) sino para señalar, con palabras de Aquilino Duque, la anomalía recurrente de una España de Triste Figura. Una España cuya condición nos es urgente llegar a comprender.

"Entre 1968 y 1973 entró en crisis lo que ha dado en llamarse modernidad, encarnada en el Occidente capitalista. Esa crisis moral en 1968, económica en 1973, tendría una repercusión política al sacudir las instituciones características de Occidente, es decir, las de la democracia parlamentaria, inorgánica, indirecta o formal. Esa crisis de la modernidad no podía afectar a España en igual medida por una razón muy sencilla, cual era la de que esa modernidad, formalmente, no existía en España. La ausencia de esa modernidad y de las instituciones que la encarnan hacía a España menos vulnerable, pero esa invulnerabilidad duraría poco. España al fin y al cabo pertenece geopolíticamente a Occidente y ambos ataques de la crisis le llegaron prácticamente juntos y tuvieron una manifestación espectacular y simbólica en el asesinato del almirante Carrero Blanco, condenado en lo económico por la subida del petróleo y en lo moral por lo que él mismo llamó la "prensa canallesca". La crisis política española maduró entre esta tragedia y la muerte del Caudillo para precipitarse poco después. El resultado fue que España se incorporaba a la modernidad de Occidente cuando ésta se hallaba en plena descomposición y en pleno descrédito, en plena crisis.
Mi obra desde 1968, concretamente a partir de la novela La rueda de fuego es una reacción contra esa modernidad en crisis. (...) Mi traslado a Italia en una año crítico para ese país - bomba de Piazza Fontana, muerte de Feltrinelli, cisma de los "intelectuales orgánicos" de Il Manifesto - me hizo ver que, al nihilismo de la contracultura respondona, la sociedad occidental respondía con el hedonismo consumista, que a los retos de la violencia extraparlamentaria no tenía otra cosa que oponer - como ha dicho el inevitable Octavio Paz - que las "fórmulas hueras" de los sistemas demoliberales. Al subconsciente afán de heroismo de la juventud, los adultos contestaban con tácticas mercantiles; a la confusión de mística y toxicomanía se adaptaban con una mezcla de lo que Marcuse llamó tolerancia represiva y Baudelaire morale de comptoir, moral de mostrador.
Horkheimer ha señalado dos etapas en la formación de la burguesía; en la primera fase, cuando se está constituyendo y aún se siente débil e indefensa, hace suyos ciertos valores permanentes que son los de religión, patria y familia, en los que se apoya y tras los que se parapeta; en la segunda fase, de opulencia económica, cuando se siente fuerte y segura, esos valores permanentes le estorban y procura desembarazarse de ellos, y esto es lo que la burguesía de Occidente, la burguesía permisiva ha hecho, como vio muy bien Passolini, con ayuda de la juventud respondona. Burguesía viene de burgo, y el burgo medieval levanta en su torno una muralla protectora, pero en el siglo del progreso y la expansión industrial, el burgo se ahoga dentro de esas murallas y las derriba" (Aquilino Duque)

Al margen de los juicios relativos al punto y modo en que España se asimila a la característica modernidad del occidente europeo, parece posible sostener la marginalidad de España respecto de la Europa moderna, oponiéndose a la cual ha transitado casi en paralelo hasta la segunda mitad del siglo XX. Esclarecer esta "modernidad paralela" de España, su figura y su génesis, es una cuestión que, ante nuestra actual situación histórica, vuelve a aparecer como urgente, perentoria, inmediata.

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