31/10/07

Mano tendida

"No vamos a entrar más por extenso en la cuestión relativa a si la crítica del fundamentalismo científico desde la Teoría del cierre categorial abre o más bien bloquea el horizonte de la fe religiosa. Lo que sí nos parece prudente es advertir que las posibilidades de alianza que el materialismo filosófico, en su crítica al fundamentalismo científico, tiene con el criticismo que la Iglesia católica mantiene respecto de este mismo fundamentalismo son mucho más firmes que sus posibilidades de alianza con partidos políticos de fondo fundamentalista, aunque sean gradualistas.
Porque lo más grave que le puede ocurrir a una sociedad política es que sus gobernantes, en posesión de mayorías democráticas (obtenidas directamente o por coalición) y al margen de cualquier criticismo, aunque sea religioso, "sepan", al modo fundamentalista, cuáles son las leyes del progreso histórico y pretendan actuar de acuerdo con su saber" (G. Bueno Martínez)

20/10/07

Pedagogía moderna

Recuerdo mi infancia como el orden sin tacha de un paraíso absoluto. Expresión enfática porque el absoluto es condición de cualquier paraíso. Indudablemente era un jardín soñado o imaginario como descubrimos al transitar a la edad adulta, y, por tanto, el paraíso - como ya anuncia su índole absoluta - es necesariamente falso. Y, sin embargo, no absolutamente falso dado que conserva un sentido positivo: absoluto en sentido positivo es un espacio limitado, donde el límite es el signo de la separación que nos desvincula del entorno. En esta medida la infancia es un orden verdaderamente absoluto. El niño parte, además, de la sola perspectiva interna y su habitación paradisiaca es (emic) necesariamente absoluta. Sólo desde más allá de la tapia conoce el adulto su glorioso desenfoque.
Ahora bien, en la edad adulta entendemos, los que lo entendemos, que la infancia ha de gozar ese engaño de absoluta limpidez. Haber habitado semejante orden el tiempo suficiente es, además de una notable bendición, la condición necesaria de una firme estructura personal. A esa infancia achaco, por mi parte, la sobrecogedora ingenuidad que he conservado hasta bien entrada mi madurez. No se trata de la ignorancia del que no quiere ver el rostro duro y doloroso del mundo, sino la actitud del que sabe que el mundo esconde, precisamente, un rostro. Sólo así puede mirarse y ver la simple sutileza de una hoja, leerse y ver la compleja urdimbre de la historia, sólo así puede hablarse y decir el sentido hondo de las horas. Aventuro que todo el que con los años mantiene una curiosidad entusiasta y, bajo las agonías de la dialéctica, conserva un carácter honesto y fundamentalmente limpio ha vivido en ese falso paraíso absoluto. Absoluto es un espacio acotado o un recinto del que forma parte su límite, aquella muralla cálida porque protege y sirve finalmente de acicate y plataforma para toda salida al mundo, sólo sale al mundo el que tiene a dónde regresar. Es excusado decir que de este recinto forma parte esencial, como su centro vigilante, el legislador fundamental y fuente de toda sanción que es el Padre. "Proteger y nutrir" es el significado original de una paternidad vinculada inmediatamente al origen. Me pregunto si sabré ser esa muralla en el dominio de un mundo en demolición, en la creciente escombrera de una liberación que derriba recintos y, bajo figura de emancipación, arroja un escenario de detritos reciclables en un horizonte industrial sin barreras.
Me hablaron de la entera curiosidad presente de un sabio venerable y he recordado que, en mi infancia, estaba prohibido pisar el césped. Una cosa lleva a la otra y yo, simplemente, agradezco tener un padre.