26/6/08

2. Patronazgo y Servicio.

El patronato mediterráneo, católico en realidad, no posee la figura utópica de la sociedad sin clases, ni siquiera la de un orden fundado en valores objetivos, universalmente reconocibles, su estructura nos ofrece, sin embargo, la contrafigura de la creciente homogeneidad cuantitativa del horizonte masivo del presente. Un mundo imperfecto, sin duda, pero un mundo que puede contraponerse a nuestro paradójico horizonte sin origen ni procedencia,. A este respecto resulta enormemente complejo frente al presente, simple como el panorama desde un plano infinito, desde un océano sin costas, desde un desierto en progresión.

"Un caso aún más interesante es el de Alonso Enríquez de Guzmán. Pariente lejano y pobre de María Enríquez, don Alonso fue presentado al duque, don Fadrique, en Colonia en 1521. Fadrique lo recomendó al Emperador y obtuvo un puesto para él en la casa real, junto a la promesa del rango de Caballero de la Orden de Santiago, el cual recibió unos años más tarde. En 1524, Fadrique obtuvo su absolución de la acusación de estupro y asesinato ocasionada por un oscuro lance en la isla de Ibiza. A cambio la casa de Alba logró un ferviente apologista y quizá algo más, pues don Alonso, que llegó a Alba de Tormes tan sólo ocho días después de la muerte de Fadrique, con el evidente propósito de afirmar su relación con el nuevo patrón, fue recibido con extraordinaria cortesía debido, como lo expresa él, "a anteriores servicios y relaciones". Fernando le situó en su aposento, puso su cama a los pies de la suya propia, y le trató con "mucho cariño, benevolencia y honra". Cuatro días más tarde don Alonso cayó enfermo y, tras veinte días de recuperación y muchos presentes, fue despedido con una nueva muía (!) y diez mil maravedíes".
Este tipo de generosidad era tan típica como esperada. Si se ofrecía con discreción, permitía que un hombre sirviera a otro sin vergüenza, y con la certeza de que sus servicios serían recompensados. Era, en efecto, la argamasa de la relación clientelista, y el nuevo Duque de Alba, no obstante su severa personalidad, era un maestro en el delicado arte de congraciarse y recompensar.
Es difícil trazar la extensión precisa del patronazgo de Fernando, pero era innegablemente amplio. Empezando con parientes, servidores y dependientes heredados de su abuelo, se expandía gradualmente para incluir soldados, hombres de la iglesia y burócratas, hasta que, al final, toda clase de personas, desde virreyes a humildes aldeanos, esperaban su asistencia.Todos ellos estaban, desde luego, dispuestos a ofrecer valiosos servicios a cambio. Su buena voluntad era imprescindible para el hombre ambicioso; pero incluso si no lo fuera, su dependencia imponía una inmensa carga moral que no podía menospreciarse a la ligera.
El no ocuparse de ellos y derivar hacia una vida de placeres privados era impensable; hacerlo habría supuesto negar la esencia de su noble rango como entonces se entendía. Pero mantener un sistema clientelista no era cuestión fácil. Entre la correspondencia del duque se cuentan innumerables cartas de recomendación, peticiones de trabajo, de recompensas y, en general, de la protección que formaba parte de sus funciones, mientras el caso de Alonso Enríquez de Guzmán, adecuadamente multiplicado, indica que aquello exigía no sólo una paciencia infinita, sino una pródiga bolsa.
El problema estribaba en que el clientelismo era esencialmente una vía sin retorno. Una vez embarcado en la carrera de patrón, no había modo de volver atrás. Para poder atender a sus amigos, los nobles habían de incrementar su influencia en la corte, que era la fuente primera de patronazgo. (...)
Una fuerte tradición familiar le impulsaba hacia una carrera de servicio, y también su posición social y las necesidades de sus dependientes. Cuando, en el año de la muerte de don Fadrique, el emperador hizo un llamamiento de voluntarios para expulsar a los turcos de las puertas de Viena, Alba fue uno de los primeros en ofrecer sus servicios. Su entusiasta respuesta tenía sus raíces en un espíritu de hidalguía y en su odio al infiel, pero también en algo que se asemejaba mucho a la necesidad. Sólo mediante su proximidad al emperador podía velar por los intereses de su casa, y a los venticinco años poco podía justificar dicha proximidad si no eran su nombre y su espada" William S. Maltby- El Gran Duque de Alba. Atalanta. Gerona. 2007

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