31/10/08

Europa

De un tiempo a esta parte, lo que podríamos llamar "el problema de Europa" vuelve a agitar a la inteligencia del viejo continente. La casta superior, dedicada a nuestra gestión y administración, produce unos "al-parecer-graves-documentos" que ofrecen a la sanción de las masas, las cuales - aferradas al prejuicio - a menudo se niegan a asentir a sus señores electos. Tales señores se encuadran en el sistema de partidos que es hoy la institución determinante, el único sujeto, de la Europa buscada. A los señores electos, inscritos en tan magníficas instituciones, debe parecerles mera obcecación y pertinaz ceguera, la negativa de sus administrados a sancionar la, para los ingresados en el sistema de partidos, tan patente Europa. Curiosa unidad fundada en fragmentos diversos, de diferente procedencia nacional y de programas opuestos, llamados precisamente partidos. Unidad burocrática y administrativa de gestores expertos, que quiere dotar de identidad a esa anómala unidad de gestión mediante un discurso universalista abstracto, formalista, ajeno a la historia viva de los hombres reales sobre los que caen como una dolorosa maldición.
Haciendo a un lado, en el pacífico terreno de la página en blanco, a estos sonrientes gestores de nuestra existencia, podemos tratar de encontrar la estructura de esa Europa que habitamos, unidad que quizás resulte polémica, agrietada y poco apta para la construcción de un frente armónico. O quizás hallemos fundamento suficiente para alguna forma de coordinación, conformidad y orden común. Sea Europa lo que sea, bastan las líneas siguientes, para notar que constituye una forma de complejidad asombrosa. Parece que habría de resultar más fácil señalar qué no es Europa. Me temo, sin embargo, que tampoco concordaríamos - desde luego no con nuestros sabios administradores - acerca de esa "definición negativa".

"Difícilmente lograré dar una idea del colorido de estos primeros años en Rustschuk, de sus pasiones y miedos. Todo lo que he vivido más tarde ya había sucedido una vez en Rustschuk. El resto del mundo se llamaba allí Europa, y cuando alguien viajaba Danubio arriba rumbo a Viena se decía que iba a Europa, Europa empezaba allí donde el imperio otomano terminaba antaño. La mayoría de los sefardíes tenía aún la nacionalidad turca. Siempre les había ido bien con los turcos, mejor que a los eslavos cristianos de los Balcanes. Pero como muchos de los sefardíes era comerciantes adinerados, el nuevo régimen búlgaro mantenía buenas relaciones con ellos, y Fernando, el monarca que reinó durante muchos años, era considerado amigo de los judíos.
Las lealtades de los sefardíes resultaban bastante complicadas. Eran judíos creyentes, para los que su comunidad religiosa significa mucho y constituía, sin exagerar, el centro de sus vidas. Pero se creían judíos de un tipo especial, y eso tenía que ver con su tradición española. En el curso de los siglos, desde su expulsión, el español que hablaban entre sí había cambiado muy poco. Algunas palabras turcas habían entrado en la lengua, pero eran reconocibles como tales, y casi siempre había también términos españoles para ellas. Las primeras canciones infantiles que escuché eran españolas, oí viejos romances españoles, pero lo más fuerte y para un niño lo más irresistible era el talante español. Con superioridad ingenua se menospreciaba a otros judíos, una palabra que siempre estaba cargada de desprecio era todesco, referido a un judío alemán o askenazi. Hubiera sido impensable casarse con una todesca, y entre todas las familias de las que de niño oí hablar o llegué a conocer en Rustschuk no recuerdo ningún caso de este tipo de matrimonio mixto. (...). Lo mejor que se podía oír decir de alguien era que es de buena famiglia. Cuántas veces y hasta la saciedad se lo he oído decir a mi madre. Cuando estaba entusiasmada en el Burgtheater y leía conmigo a Shakespeare, incluso más tarde, cuando hablaba de Strindberg, que se convirtió en su autor predilecto, no le daba apuro decir que descendía de buena familia, que no había otra mejor. Ella, para la que las literaturas de las lenguas civilizadas que dominaba se habían convertido en el verdadero contenido de su vida, no sentía una contradicción entre esta apasionada universalidad y el engreído orgullo familiar, que alimentaba sin cesar" (Elias Canetti)

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