22/2/09

Teología poética.

D. Enrique García-Máiquez nos regalaba estos hermosos versos:

La maldición del poeta.

Ve a un extraño en el espejo
y más en la vida, sólo
se reconoce en sus versos.

Acaso el difícil presente me llevó a pensar más bien en una bendición, dado que al poeta le quedan sus versos como firme de su identidad. Al resto de mortales nos queda - en el mejor de los casos - el consuelo de reconocernos en versos de otros... un consuelo que también podría faltar. No estaríamos ante una maldición sino, quizás, en una situación estrictamente trágica.
La respuesta de D. Enrique García-Máiquez no podía ser otra, pero para llegar a verla había que arrancarse el cenizo del pesimismo. Es la potencia profunda de una tradición milenaria, que encarna con tanta belleza el Magister Laetus. Pero alcanza una poderosa dulzura formulada de tan magnífico modo. Responde D. Enrique García-Máiquez:

La maldición de cualquiera.

Ve a un extraño en el espejo
y aún más extraño en la vida.
Sólo espera que Dios pueda
reconocerlo en su día.

Nota. Algún reparo relativo al título: sigue hablando de maldición, pero no puede concederse ante semejante esperanza. Además no parece adecuado - pese a su humilde condición de criatura - llamar al hombre cualquiera.

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