21/4/09

Yo era un tonto...

Dice D. Nicolás Gómez Dávila que nadie que se conozca puede absolverse. Mi infinita ignorancia, que apenas alcanzo a concebir, me ha permitido caminar por mis días con cierta firmeza y seguridad. He habitado siempre entre los muchos - en la plétora o la plebe - y así me he sabido sancionado. Pero algún infausto azar, del que no puedo declararme responsable, me ha expulsado del caluroso seno de mi vieja sociedad.
Viajo ahora con el gesto descompuesto como por un dolor que no siento, porque no es un dolor físico, ni siquiera es natural, aunque siempre va acompañado de una mala digestión. Suelo cubrirme con la capa del reaccionario o del metafísico, resto de una vanidad que deploro. Soy en realidad un triste imbécil y no puedo absolverme. Me contrasto con la pujante juventud angloparlante, me comparo con la madurez reconciliada con el nuevo orden del mundo, y con el desprecio engaño mi eficaz autodesprecio. Carezco de las técnicas profesionales adecuadas, no estoy actualizado, apenas resulto operativo, mi rendimiento ha entrado en una espiral decreciente, mi humor adusto y seco es síntoma de una impotencia que se esconde bajo la máscara de la soberbia. Carezco de habilidades sociales, no dispongo de un círculo de relaciones... en realidad: ¿no es una huida mi exaltación de la familia? ¿qué otro lugar podría habitar?. Me juzgo capaz de resistir a la psicología porque temo el diagnóstico demoledor. Estoy obsoleto. Me consuelo pensando que soy un hombre de otro tiempo, pero esto es tan ridículo como pretenderse poseedor del cuerpo equivocado. Simplemente soy una malformación, un objeto apto para la teratología del presente. El trasunto contemporáneo de Gregor Samsa: entre escarabajo y medusa. Soy imposible: Yo era un tonto y lo que he leído me ha hecho dos tontos.

18/4/09

Imagen y Cantidad.

Ha escrito D. Nicolás Gómez Dávila:

- El mito falso no se reemplaza con tesis científicas, sino con auténticos mitos

- Sin imaginación alerta la inteligencia encalla.

- El diablo patrocina el arte abstracto, porque representar es someterse.

- No hay que buscarle significado a lo que tiene valor, porque tener significado es tener valor.

- Los dioses castigan privando de significado las cosas.

- Los gestos públicos deberían estar regulados por el más estricto formalismo para impedir esa espontaneidad fingida que tanto place al tonto.

- A las éticas formales el diablo acaba dándoles el contenido.

- Toda idea es siempre demasiado simple.

- Prédica de una encarnación, el catolicismo es pasión de lo concreto. La idea católica aspira siempre a objetividad plástica.

- La interpretación económica de la historia cojea, mientras la economía se limita a ser infraestructura de la existencia humana. Pero resulta pertinente, en cambio, cuando la economía, al convertirse en programa doctrinario de la transformación del mundo, se vuelve superestructura.

1/4/09

Familia: Fe y Razón.

Hace tiempo mi estado habitual de cenizo impenitente ha alcanzado un grado crítico que me está llevando a mudar de naturaleza. La situación es terrible dado que, acostumbrados a mi natural aciago, mis prójimos desprecian la novedad y me indican que estoy una vez más con mis cosas de siempre, que estoy quizás un punto más hipocondríaco, o simplemente que atravieso otra racha de tedium vitae en exceso expresiva. Mis principios, quiero decir mis conocimientos en la materia, que es de carácter moral, me impiden solicitar lo que hoy llamarían "ayuda profesional", aunque la perspectiva de una baja laboral me tienta y a punto estoy de acercarme al psicólogo. Describo los síntomas:
En primer lugar un estado de completa extenuación espiritual, al que acompaña una intensa conciencia de la perfecta ausencia de sentido de mi labor profesional. Cumplimiento ritual de los aspectos externos del trabajo: puntualidad, aseo, cortesía... aunque creo que aparezco algo hosco a los compañeros, pero esta sensación puede no responder a la realidad.
En segundo lugar una alarma creciente que roza el pánico ante mi vida familiar. Temor acentuado al contacto de mi familia más próxima - en especial los hijos - con cualquier persona. Misantropía que no excluye a los niños de más de dos años. Este temor enfático y profundo va acompañado de una preocupación por lograr las condiciones óptimas de aislamiento o, al menos, de control selectivo de los vínculos y relaciones - hoy diríamos "contactos" - que establezcan o vayan a establecer. Naturalmente le sigue una frustración casi inmediata derivada de mi total impotencia a la hora de fijar dicho control selectivo, que exigiría una rápida mudanza, cambio de localidad, destrucción del aparato de televisión, educación a domicilio (Home learning o Homeschooling, creo que lo llaman) etc. En relación con esta situación irrumpen ciertas manifestaciones inesperadas, por ejemplo, la expresión pública de mis opiniones en materia social y política a sabiendas del riesgo que esto supone en las actuales condiciones de negación de libertad. Como el orden político es hermético e infinitamente elástico cualquier afirmación de falta de libertad me presenta a los ojos de los demás como un infausto alarmista en el mejor de los casos, en el peor como un reaccionario que merecería ser silenciado, un sujeto carente de conciencia o del menor atisbo de "solidaridad". Entiendo que esto no favorece la evolución de mis dolencias.
Por último, el sensible reconocimiento de la falta de potencia intelectual para alcanzar un conocimiento adecuado de la situación, sobre el que fundar algún programa de acción. Conciencia dolorosa de la complejidad del proceso histórico de demolición que arroja el presente estado del mundo. Aunque advierto fragmentos, elementos y variables intervinientes, no alcanzo a definir el perfil ajustado del curso histórico cuyo resultado es el desierto sin horizontes de nuestros días.

Y, sin embargo, de entre los fenómenos que siempre se me escapan, de entre las figuras que mi razón ignora, destaca una vez y siempre un manantial cuya potencia sospecho infinita, una fuente de afirmación y de alegría que no tiene razón de ser, que es sin razón. Tengo ante mí la voz de mi padre y el rostro de mi hijo.

"¿Se sentía amparado en casa?
Sí. Mis recuerdos son, por supuesto, engañosos, pero, hasta donde alcanzan, se trataba de un mundo seguro. Sabía que tanto mi padre como mi madre harían todo por mí. Cuando enfermaba - cosa muy frecuente en mi niñez - me rodeaban de todos los cuidados; me sentía completamente protegido. Mi posterior capacidad de resistencia, cuando escribía libros a los que nadie prestaba atención, la refiero siempre a esta enorme seguridad de la que gocé en mi niñez.
Podría quizás formularlo así: según han descubierto los astrónomos, el universo está lleno de los ecos de la gran explosión; del mismo modo, las personas llevan consigo un sentimiento de fondo referido a su vida y procedente de su época temprana en el seno de la familia. Tengo un trasfondo de gran seguridad, de que, en definitiva, todo irá bien y lo atribuyo a la enorme protección que experimenté de niño en el afecto de mis padres" (Norbert Elias)