5/1/11

De Europa Si existe (y 2)

I.
Con nuestra respuesta negativa negamos que Europa pueda ser la Europa moderna o, dicho de otro modo, ésta carecería de su núcleo esencial de manera que resultaría insubstancial, sucedánea, fenoménica o vacía. En efecto, la determinación político-económica es toda la que la modernidad conoce, llegando incluso a negar realidad a cualquier otra dimensión de la existencia  antropológica. Para un punto de vista moderno la realidad se resuelve en términos económicos o económico-políticos. Los principales valedores de la reducción descendente de la realidad antropológica a ese presunto substrato natural de la vida del hombre están reunidos en la famosa Escuela de la Suspicacia.
Por nuestra parte, contemplamos el Estado – la política en general – como un momento más del desarrollo de la sociedad moderna, que acompaña asimismo la conformación de mercados emancipados. El Estado, aparato burocrático y administrativo – ejerce la función de totalización y/o unificación de una sociedad (idea netamente distinta de la comunidad) urgentemente requerida de agencias de solidarización, dada su naturaleza inorgánica o masiva. Estas agencias de solidarización empiezan por ser externas o coercitivas reduciéndose idealmente al Estado mismo. El absolutismo político tiene como fundamento, precisamente, la pacificación coactiva de la sociedad; de estas sociedades de “egos diminutos” en concurrencia, ya sea en el abstracto espacio del mercado, o en el no menos abstracto campo de batalla de las guerras político-económicas modernas: homo homini lupus.
Los Estados nacionales sirven asimismo al proceso de realización de la sociedad, que avanza mediante los Estados Absolutos y culminará en los Estados sociales de nuestro tiempo. Las formas de solidarización evolucionan con el Estado a medida que éste se vuelve “capilar, microfísico y disperso”. Sistemas educativos y medios de comunicación de masas lograrán finalmente generar unanimidad en el interior de nuestros corazones, sin prescindir de la fuerza coactiva del Estado, siempre dispuesto – se dirá – a defender la democracia ya identificada de manera completa con esta sociedad moderna de ambigua tolerancia. El contenido de esa educación y formación de la libre opinión social coincide con el nacionalismo en la fase de acumulación y, finalmente, con un humanismo abstracto cuyo ápice se encuentra en los derechos del hombre.
II.
                En efecto, la integración político-económica desborda, desde el origen, los límites del Estado y su mercado nacional, que sirve – no obstante – a una acumulación necesaria para el despliegue de la industria y el comercio internacional. Ahora bien, este cambio de escala no se produce de modo armónico y homogéneo sino que involucra enfrentamientos que culminan en sucesivas guerras. Europa ha sido el campo de batalla de este huracán político-económico que prefiero llamar, simplemente, “modernidad”.
 La emancipación de las viejas estructuras heredadas de la Europa tradicional supuso, inicialmente, la eliminación de toda forma de integración comunitaria de unos hombres que quedarían totalizados, en su nueva calidad de ciudadanos, como términos ecualizados de la nueva estructura política: el Estado nacional. O bien como trabajadores-consumidores de la nueva economía nacional, resultado de la unificación de los mercados en el nuevo sistema mercantil. Pero los estados nacionales culminan el proceso multisecular de fractura de la Cristiandad, iniciado con las guerras de religión, que abrieron paso al absolutismo político.
     Ahora bien, ayunos de todo sustento metapolítico, más allá del mero equilibrio de fuerzas que arroja el nuevo arte de gobernar según la razón de Estado, los Estados Nacionales han tratado de elevar, desde coordenadas presuntamente filosófico-racionales, unos principios universales sobre los que levantar el nuevo derecho internacional. Los Derechos del Hombre (o del Ciudadano de una falsa Cosmópolis) son el fallido resultado de semejante afán. El equilibrio europeo quedará sustituido en la ultramodernidad por una integración económica creciente, de escala mundial, bajo la cual los derechos del hombre darán cobertura de facto a la actividad productivo-consumidora infinita de enormes masas de población técnicamente gestionada. El equilibrio es, hoy día, más peligroso porque en el equilibrio de fuerzas – económico-políticas – del nuevo orden mundial, Europa es únicamente una magnitud más junto a China, el sudeste de Asia, Estados Unidos o el medio oriente.
III.
                Pero si la Europa moderna es la cáscara vacía de Europa, además de haber sido la fuerza capaz de vaciar de contenido – mediante su expansión mundial colonizadora – a todos los pueblos del mundo, si la Europa moderna es inesencial, queda en pie la cuestión: ¿Qué es Europa?. De entrada es una apariencia inercialmente sostenida por el fantasma de una realidad pretérita. Habría que indagar la realidad histórica que la modernidad europea ha pretendido superar (de hecho únicamente ha destruido, porque no logra su reconstrucción positiva) y que no hemos de encontrar en el absolutismo sino en la morfología histórica de la Comunidad Universal que ya no podemos identificar, en modo alguno, con la moderna Europa.
IV.
                Entre los esfuerzos frustrados de construir un basamento metapolítico moderno se encuentra uno especialmente patético. Se trata del intento de encontrar la esencia metapolítica (metafísica) de Europa en algo así como la Cultura europea, intencionalmente de valor universal. Esfuerzos ingentes por afirmar un espacio au dessus de la mêlée, intencionalmente encarnado en los artistas e intelectuales, defensores de los valores del espíritu, de la Cultura. Esfuerzo frustrado porque ignora que ese basamento no puede construirse desde fuera y mediante la elaboración filosófica autónoma. Quizás Stefan Zweig, moderno y europeo, pueda servir de ejemplo de este fracaso.          
                “Huye, refúgiate en la espesura más íntima de tu ser, en tu trabajo, ahí donde sólo erres tu “yo” anhelante, no un ciudadano, no el objeto de ese juego infernal, ahí, el único lugar donde la poca razón que te queda todavía puede actuar con sensatez en un mundo que ha enloquecido” (S. Zweig)
                Europeo y moderno, como todos: solo, atomizado y disperso.

VI. Coda ¿Y España?
                España, convertida en estado nacional y miembro orgulloso de la Unión Europea. Socialmente fascinada por Europa, como mostró el referéndum sobre el Tratado de Constitución.
No tengo el tiempo que estas cuestiones precisan, me limito a un par de referencias que habría que discutir al detalle, pero que indican una cierta excentricidad de España, guardando una analogía negativa con la excentricidad británica. Añadiré, sin embargo, que España es hoy europea y lo es íntegramente, por lo que no me sorprende de ningún modo ni el ciego nacionalismo español, ni la descomposición social y moral del presente, ni tampoco los castizos micronacionalismos:
“…continuamos atados a los pilares teóricos sobre los que, hace dos centurias, se basó la revolución político-social cumplida, consumada con creces y cerrada ya definitivamente para 1945 (…). La Declaración de Derechos del Estado americano de Virginia es del año 1776, la Declaración del Derechos del Hombre y del Ciudadano francesa es del 1789; la Constitución española de Cádiz, del 1812… El Estado que se erigió sobre esas bases – separación de poderes, libertades individuales y gobierno emanado del pueblo mediante sufragio – fue el instrumento idóneo para que la clase social burguesa crecida dentro de la monarquía absoluta y desarrollada mediante la revolución industrial prosiguiera en Occidente la expansión que las monarquías habían iniciado, extendiendo al resto del planeta sus propios valores culturales e imponiéndole su propio poderío.  (…)
…y a la tremenda conmoción de 1940-1945, coronada con la explosión atómica, siguió un asombroso despliegue económico y tecnológico que alteraría el conjunto de las relaciones humanas. (…)
Y, sin embargo, todo lo que se les había ocurrido en aquel momento crucial a los políticos y sabios de la hora fue tratar de restaurar los viejos edificios políticos y reafirmar sus anacrónicos principios, lanzando, tras de la atómica, esa fútil bomba “idealista”: la Declaración Universal de Derechos del Hombre de 1948, colosal globo de viento, donde se inflan alegremente los postulados que tan eficaces fueron en un contexto histórico-social pretérito, pero que resultan inaplicables en las condiciones de nuestros días.
(…)
Es incalculable, pienso yo, el efecto desmoralizador de unos postulados que – aun cuando sólo sean y sólo puedan ser desiderata o, a lo sumo, expresiones programáticas de buenos propósitos – se dan como preceptivos y obligatorios, pese a que su aplicación efectiva resulta imposible” (Fco. Ayala. 1983)
“Entre 1968 y 1973 entró en crisis lo que ha dado en llamarse modernidad encarnada en el Occidente capitalista. Esa crisis, moral en 1968, económica en 1973, tendría una repercusión política al sacudir las instituciones características de Occidente, es decir, las de la democracia parlamentaria, inorgánica, indirecta o formal. Esa crisis de la modernidad no podía afectar a España en igual medida por una razón muy sencilla, cual era la de que esa modernidad, formalmente no existía en España. La ausencia de esa modernidad y de las instituciones que la encarnan hacía a España menos vulnerable, pero esa invulnerabilidad duraría poco. España al fin y al cabo pertenece geopolíticamente a Occidente y ambos ataques de la crisis le llegaron prácticamente juntos y tuvieron una manifestación espectacular y simbólica en el asesinato del almirante Carrero Blanco, condenado en lo económico por la subida del petróleo y en lo moral por lo que él mismo llamó “la prensa canallesca”. La crisis política española maduró entre esta tragedia y la muerte del Caudillo, para precipitarse poco después. El resultado fue que España se incorporaba a la modernidad de Occidente cuando ésta se hallaba en plena descomposición y en pleno descrédito, en plena crisis” (Aquilino Duque, 1984)
VII.
La cuestión no es para tratarla de este modo, como es evidente. Pero no es fácil tratarla sine ira et studio. En ámbitos más amables, por personales, no dejaré de seguir dándole vueltas. Condición para este continuo ir y venir es atenerme a la consigna metapolítica de la que no quiero jamás desviarme: Retirase y estar juntos. En época de barbarie: la autodefensa y el claustro.

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