17/2/11

Restauración y Otro - Tiempo

Somos indudablemente reaccionarios, pero, por nuevos, paradójicos reaccionarios. Dialécticos de la reacción que buscan la metafísica que resuelva su posición. Mal nos reconocemos en el adjetivo que se nos atribuye. No profesamos esta reacción, como el maestro Gómez Dávila, a sabiendas y deleitándonos en la metafísica históricamente arrumbada. Buscamos una metafísica nueva y nos sorprende un calificativo que hemos de aceptar, dada su presencia cotidiana.
"En el citado congreso le ocurrió a quien esto escribe lo siguiente:
En conexión con lo que él denomina analfabetismo post-literario, describió el actual diluvio global de imágenes: que por todas partes y con todos los medios de la técnica de reproducción (con hojas ilustradas, films, emisiones televisivas), se invita al hombre actual a quedarse con la boca abierta ante imágenes del mundo, o sea, a la participación aparente en todo el mundo (es decir, en lo que debe de ser para él "global"); y, además, que se le invita más generosamente cuando menos se le ofrece la comprensión de los contextos del mundo, cuando menos se le admite en las decisiones importantes sobre el mundo; que, como se dice en un cuento molúsico, se le "embotan los ojos", o sea, cuando menos tiene que decir, más se le da a ver; que la iconomanía, en la que se le ha educado mediante esta inundación sistemática de imágenes, pone de manifiesto ya hoy todos esos tristes rasgos, que acostumbramos unir al voyeurismo, considerado sensu stricto; que las imágenes, sobre todo cuando sofocan el mundo con su proliferación, a menudo conllevan el peligro de convertirse en aparatos de entontecimiento, porque, en cuanto imágenes y a diferencia de los textos, en el fondo no dejan ver ningún contexto, sino siempre únicamente trozos de mundo desgajados, o sea, que, mostrando el mundo, lo velan. Después de que el autor explicara esta asociación de ideas - esto es, como pura descripción, sin ninguna propuesta terapéutica - ocurrió que fue tildado de "reaccionario romántico" precisamente por un representante del juste milieu. Esta calificación lo dejó perplejo por un momento, pues ser sospechoso de reaccionario no es para él una situación precisamente familiar. Pero sólo fue un momento, quien lo había apostrofado así, dejó claro en la discusión inmediata lo que quería decir. "Quien saca a la luz tales fenómenos y efectos", explicó, "critica. Quien critica perturba tanto la marcha evolutiva de la industria como del consumo del producto; al menos tiene la intención naïf de provocar ese trastorno. Ahora bien, como la marcha de la industria, así como del consumo han de seguir adelante cueste lo que cueste (¿o no es así?) la crítica es eo ipso sabotaje del progreso y, por tanto, reaccionaria".
No podía quejarme, pues esta explicación había dejado algo de claridad. Me pareció particularmente instructiva, porque demostraba la robusta resurrección del concepto de progreso que, inmediatamente tras la catástrofe de 1945, parecía estar agotado y porque mostraba que este concepto, que anteriores épocas restauracionistas no podían ver ni pintado, ahora se había convertido en el argumento de la próspera restauración" (Günther Anders. 1956)

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