25/3/11

Pedagogía Civil o Política.


Desde hace más de un siglo la sustitución invasiva de las funciones de la familia por la atención profesional  o política (pública o privada) pone a los técnicos (en buena parte funcionarios del estado) en situaciones jurídicas todavía liminares y problemáticas. Estas han debido existir siempre como condición extraordinaria y como excepción, la novedad radica en su ubicuidad actual y en su incremento cuantitativo y cualitativo. La sustitución de la matriz familiar por instituciones dependientes del Estado alcanza ,cada vez, más dimensiones de la vida del sujeto y se extiende masivamente entre la población.
La cuestión radica en la posibilidad real de semejante sustitución. Desde luego la sustitución modifica la naturaleza del vínculo y los efectos constructivos – diríamos “edificantes” – de la tradición, de suerte que el nuevo sujeto, resultante de la construcción técnica/política, poseerá una naturaleza diversa de la del hombre de la tradición a la que, sin embargo, todavía no puede dejar de apelar. En efecto, el “sentido común” sigue cerrando las fisuras y microfisuras que la técnica administrativa y el derecho no alcanzan y, ésta es la cuestión, quizá no pueden de suyo alcanzar. Es preciso contar con el “sobre-entendido”, es decir, con supuestos compartidos que forman la substancia de un sentido común heredado aún, pero ya gravemente tomado por la crítica –:
“Es decir, durante la estancia en el centro docente desaparece la natural responsabilidad de los padres, que no pueden ejercer misión alguna de control y vigilancia del/de la menor, pasando tal deber tuitivo de vigilancia al personal del centro, que deberá desempeñarlo empleando toda la diligencia exigible.
Encontrándonos, por tanto, ante una labor sustitutoria de las obligaciones que corresponden a los padres o tutores del/de la menor, la conclusión es clara: la forma de llevar a cabo esa función de vigilancia o control por parte de los/las profesores/as, de los actos y de las necesidades del alumno/a, debe ser análoga a la que en la tradición civil de ha venido definiendo como la de un “buen padre de familia”.
A ello hay que añadir, para casos graves,  lo prescrito por el artículo 195 del Código Penal, que pena la omisión del deber de socorro cuando éste pudiera hacerse sin riesgo propio ni de terceros.”  (Preguntas y respuestas del profesorado de la enseñanza pública no universitaria. Carmen Perona Mata. Capítulo X. Responsabilidad Jurídica. Wolters Kluwer España. CC.OO. Enseñanza. Madrid. 2010. Pág. 56)
Fácilmente se preguntará ya hoy: ¿qué puede significar “tradición civil”?, ¿qué ha de entenderse por semejante “buen padre de familia”?

18/3/11

Indignación - Hastío: S. Hessel

La izquierda - suelo decir - tiene como motor de su acción la actitud moral de indignación. A esto mismo alude la referencia a su sobre-legitimación que se fundaría en una apelación constante a la justicia social, a los derechos de la mayoría desamparada etc. Sorprende, sin embargo, encontrar hoy a un representante de esa izquierda indignada, de suyo revolucionaria y extraña a la socialdemocracia. La misma socialdemocracia que, junto al liberalismo, han construido el Estado de Bienestar de la postguerra mundial; sobre cuyas ruinas vivimos hoy, o venimos viviendo desde los primeros ochenta. De hecho, no se encuentra ya entre nosotros representantes de este campo de la indignación cuyo fuste moral no toleraría con-cesiones. Por lo demás, creo que esta posición, siempre arriesgada, hoy es peligrosa porque la actitud moral de las sociedades de "consumo individual, lúdico-libidinal y de masas" desconoce la indignación, aunque la confunde con el hastío que sólo se canaliza como nihilismo terrorista (Nechaev etc.)
Todo esto para desvelar el espejismo que está provocando un reciente libro de Stephane Hessel Indignez-vous!. No se trata de su edad, que sobrepasa los noventa años, de suerte que podría pensarse que su figura misma resulta ya anacrónica, asumiendo la aceleración del tiempo histórico que el mercado pletórico induce. Es que no se puede exigir indignación, en tono imperativo (¡Indignáos!), como si semejante demanda pudiera tener algún efecto. Resultaría idealista pretender que, mostradas las razones que sustentan la indignación del autor, ésta se extendería entre sus lectores. Más adecuado sería preguntar por qué o no vemos las, al parecer, abundantes razones para la indignación o por qué no producen el efecto esperado, haciendo necesaria la exhortación.
Pero Hessel  se presenta como agente del Estado de Bienestar, viejo resistente, redactor de la Declaración Universal de Derechos del Hombre, crítico del stalinismo etc. Durante largos años, tras la guerra mundial, su indignación estuvo neutralizada por un entusiasmo alucinado ante las glorias del Estado de Bienestar.  La indignación le había llevado a la resistencia francesa y a la promoción del Estado Social de Bienestar, pero debió remitir con el éxito mismo de esta construcción. Ahora bien, el hundimiento de esta obra ha despertado en él su vieja indignación. La cuestión es que la situación moral de las sociedades europeas - y muy en especial la española - es de hastío, de casi perfecta des-moralización. Una actitud de moralidad cero (hastío), frente a la que la indignación resulta un estado positivo e intenso. Si extendemos nuestra perspectiva más allá de la guerra mundial y el mundo moderno, podríamos encontrar las razones del hastío en un largo proceso que, culminante en esa obra absurda que ha sido la Declaración Universal de Derechos del Hombre, pseudo-respuesta a la catástrofe mundial sellada por el signo atómico, se ha continuado con el Estado Social de Bienestar. El asco que nos impide indignarnos tiene largas raíces históricas, de las que la obra de Hessel  es un último tramo.
Pero nos esforzamos por superar el nihilismo moderno que nuestro presente prorroga, todavía en condiciones de encomiable bienestar social. Aquí sólo hay un modo de encontrar el rumbo, pese a que, en realidad, caminamos hacia un centro al que conducen todos los caminos. Entretanto, frente al propio Hessel, nos declaramos auténticos resistentes, y resistentes de la inclusión, porque también este anciano - hacia el final del texto - vislumbra la vía.


Nota añadida el 16 de mayo de 2011. Puede verse como converge forma y fondo de la pseudo-diatriba de Hessel con la astucia de los amos. Además la noticia que enlazo aquí demuestra que nuestros políticos leen, y que leen en exceso. (Blanco no repara en que los "indignados" son muy pocos, si acierta Hessel en su diagnóstico de suerte que el voto que de ellos reclama será poco abundante. Es a los hastiados a los que habría que levantar, pero este socialismo no puede desvestirse de su moralismo abstracto que llaman "sobre-legitimador", no ve que su vestido es ya un triste disfraz).

"(Indignez-vous)
Stéphane Hessel

93 años. Es la última etapa. El fin no está lejos. Qué suerte poder aprovecharla para recordar lo que ha servido de base a mi compromiso
político: los años de resistencia y el programa elaborado hace 70 años por el Consejo Nacional de la Resistencia... Desde Londres, donde me reuní con el general De Gaulle, en marzo de 1941, me llegó la noticia de que el Consejo había puesto en marcha un programa (adoptado el 15 de marzo de 1944) que proponía para la Francia liberada un conjunto de principios y valores sobre los que se asentaría la democracia moderna de nuestro país.
Estos principios y valores los necesitamos hoy más que nunca. Es nuestra obligación velar todos juntos para que nuestra sociedad siga siendo una sociedad de la que podamos sentirnos orgullosos, y no esta sociedad de indocumentados, de expulsiones, de sospechas con respecto a la inmigración; no esta sociedad en la que se ponen en cuestión las pensiones, los logros de la Seguridad Social; no esta sociedad donde los medios de comunicación están en manos de los poderosos.
A partir de 1945, después de un drama atroz, las fuerzas internas del Consejo de la Resistencia se entregan a una ambiciosa resurrección. Se crea la Seguridad Social como la Resistencia deseaba, tal y como su programa lo estipulaba: “un plan completo de Seguridad social que aspire a asegurar los medios de subsistencia de todos los ciudadanos cuando estos sean incapaces de procurárselos mediante el trabajo”; “una pensión que permita a los trabajadores viejos terminar dignamente su vida”. Las fuentes de energía, electricidad y gas, las minas de carbón y los bancos son nacionalizados. El programa recomendaba “que la nación recuperara los grandes medios de producción, fruto del trabajo común, las fuentes de energía, los yacimientos, las compañías de seguros y los grandes bancos”; “la instauración de una verdadera democracia económica y social, que expulse a los grandes feudalismos económicos y financieros de la dirección de la economía”. El interés general debe primar sobre el interés particular, el justo reparto de la riqueza creada por el trabajo debe primar sobre el poder del dinero. La Resistencia propone “una organización racional de la economía que garantice la subordinación de los intereses particulares al interés general y que se deshaga de la dictadura profesional instaurada según el modelo de los Estados fascistas”, y el gobierno provisional de la República toma el relevo.
Una verdadera democracia necesita una prensa independiente; la Resistencia lo sabe, lo exige, defiende “la libertad de prensa, su honor y su independencia del estado, de los poderes del dinero y de las influencias extranjeras”. Esto es lo que, desde 1944, aún indican las ordenanzas en relación a la prensa. Ahora bien, esto es lo que está en peligro hoy en día.
Se tiene la osadía de decirnos que el Estado ya no puede asegurar los costes de estas medidas sociales. Pero cómo puede faltar hoy dinero para mantener y prolongar estas conquistas, cuando la producción de la riqueza ha aumentado considerablemente desde la Liberación, periodo en el que Europa estaba en la ruina, si no es porque el poder del dinero, combatido con fuerza por la Resistencia, no ha sido nunca tan grande, tan insolente y tan egoísta con sus propios servidores, incluso en las más altas esferas del Estado. Los bancos, una vez privatizados, se preocupan mucho por sus dividendos y por los altos salarios de sus dirigentes, no por el interés general. La brecha entre los más pobres y los más ricos no ha sido nunca tan grande, ni la búsqueda del dinero tan apasionada.
El motivo principal de la Resistencia era la indignación. Nosotros, veteranos de los movimientos de resistencia y de las fuerzas combatientes de la Francia libre, llamamos a las jóvenes generaciones a vivir y transmitir la herencia de la Resistencia y de sus ideales.
Nosotros les decimos: tomad el relevo, ¡indignaos! Los responsables políticos, económicos e intelectuales, y el conjunto de la sociedad no deben dimitir ni dejarse impresionar por la actual dictadura de los mercados financieros que amenaza la paz y la democracia.
Os deseo a todos, a cada uno de vosotros, que tengáis vuestro motivo de indignación. Es algo precioso. Cuando algo nos indigna, como a mí me indignó el nazismo, nos volvemos militantes, fuertes y comprometidos.
Volvemos a encontrarnos con esta corriente de la historia, y la gran corriente de la historia debe perseguirse por cada uno. Y esta corriente nos conduce a más justicia y libertad; pero no a la libertad incontrolada de la zorra en el gallinero. Estos derechos, recogidos en
1948 en un programa de la Declaración universal, son universales. Si conocéis a alguien que no los disfruta, compadecedlo, ayudadle a conseguirlos.
Desde luego, la experiencia de alguien viejo, como yo, nacido en 1917, es diferente de la experiencia de los jóvenes de hoy. A menudo solicito a los profesores de colegios la oportunidad de dirigirme a sus alumnos, y les digo: “vosotros no tenéis las mismas razones evidentes para comprometeros. Para nosotros, resistir era no aceptar la ocupación alemana, la derrota. Era algo relativamente simple; simple como lo que vino a continuación: la descolonización. Siguió la guerra de Argelia: era necesario que Argelia se independizara, era algo evidente. En cuanto a Stalin, todos aplaudimos la victoria del ejército rojo contra los nazis, en 1943. Pero cuando nos enteramos de las grandes purgas estalinistas de 1935, aunque era necesario estar al corriente de lo que hacía el comunismo para contrarrestar el capitalismo americano, la necesidad de oponerse a esta forma insoportable de totalitarismo se impuso como una evidencia.
Es verdad que las razones para indignarse pueden parecer hoy menos claras o el mundo demasiado complejo. ¿Quién manda, quién decide? No siempre es fácil distinguir entre todas las corrientes que nos gobiernan. Ya no tenemos que vérnoslas con una pequeña élite, cuyo modo de actuar conocemos con claridad. Este es un vasto mundo de cuya interdependencia nos percatamos claramente. Vivimos con una interconectividad como jamás ha existido. Pero en este mundo hay cosas insoportables. Para verlas, hace falta observar con atención, buscar.
Les digo a los jóvenes: buscad un poco, encontraréis. La peor de las actitudes es la indiferencia, el decir “yo no puedo hacer nada, yo me las apaño”. Al comportaros así, perdéis uno de los componentes esenciales que hacen al ser humano. Uno de sus componentes
indispensables: la capacidad de indignarse y el compromiso que nace de ella.
Es posible identificar desde ahora dos grandes desafíos nuevos:
1. La gran diferencia que existe entre los muy pobres y los muy ricos, la cual no deja de crecer. Se trata de una innovación de los siglos XX y XXI. Los muy pobres del mundo de hoy ganan apenas dos dólares al día. No se puede dejar que esta diferencia se haga más profunda todavía. La constatación de este hecho debería suscitar por sí misma un compromiso.
2. Los derechos del hombre y el estado del planeta. Después de la Liberación tuve la suerte de participar en la redacción de la Declaración universal de los derechos del hombre adoptada por la Organización de Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948, en el palacio de Chaillot, en París. Como jefe de gabinete de Henri Laugier, secretario general adjunto de la ONU y secretario de la Comisión de los Derechos del hombre participé, entre otros, en la redacción de esta declaración. No puedo olvidar el papel que tuvo en su elaboración René Cassin, comisario nacional de justicia y educación del gobierno de la Francia libre, en Londres, en 1941, el cual fue premio Nobel de la paz en 1968, ni el de Pierre Mendès France dentro del Consejo económico y social, al que enviábamos los textos que elaborábamos antes de que fueran examinados por la Tercera Comisión de la Asamblea General, encargada de los aspectos sociales, humanitarios y culturales. La Comisión contaba con los 54 estados que eran miembros, en aquel momento, de las Naciones Unidas, y yo me encargaba de su secretaría. A René Cassin debemos el término de derechos “universales”, y no “internacionales” como proponían nuestros amigos anglosajones. Puesto que en esto está lo que se juega al terminar la segunda guerra mundial: la emancipación de las amenazas que el totalitarismo hizo pesar sobre la humanidad. Para emanciparse, es necesario conseguir que los estados miembros de la ONU se comprometan a respetar estos derechos universales. Es una manera de desmontar el argumento de plena soberanía que un estado puede hacer valer mientras comete crímenes contra la humanidad dentro de su territorio. Este fue el caso de Hitler, que se consideraba dueño y señor en su tierra y autorizado a provocar un genocidio. Esta declaración universal debe mucho a la revulsión universal contra el nazismo, el fascismo, el totalitarismo, y, también, a nosotros, al espíritu de la Resistencia.
Sentía que había que actuar rápidamente, no ser víctima de la hipocresía que había en la adhesión proclamada por los vencedores a estos valores que no todos tenían la intención de promover limpiamente, pero que nosotros intentábamos imponerles.
¿Le sirve de algo a Hamas enviar cohetes sobre la ciudad de Sderot? La respuesta es no. No sirve a su causa, pero se puede explicar debido a la exasperación del pueblo de Gaza. En la noción de exasperación, hay que entender la violencia como una lamentable conclusión de situaciones inaceptables para aquellos que las sufren. Se puede decir que el terrorismo es una especie de exasperación. Y que esta exasperación es un término negativo. Uno no se debe exasperar, uno debe esperar. La exasperación es la negación de la esperanza. Es comprensible, diría que hasta es natural; sin embargo, no es aceptable porque no permite obtener los resultados que puede eventualmente producir la esperanza.
Estoy convencido de que el futuro pertenece a la no-violencia, a la conciliación de las diferentes culturas. Por esta vía, la humanidad deberá franquear su próxima etapa. Decirse “la violencia no es eficaz”
es más importante que saber si se debe condenar o no a aquellos que la utilizan. El terrorismo no es eficaz. En la noción de eficacia, es necesaria una esperanza no-violenta.
Hay que entender que la violencia vuelve la espalda a la esperanza.
Hay que preferir la esperanza, la esperanza de la no-violencia. Es el camino que debemos aprender a seguir. Tanto por parte de los opresores como por parte de los oprimidos, hay que llegar a una negociación para acabar con la opresión; esto es lo permitirá acabar con la violencia terrorista. Es por eso que no se debe permitir que se acumule mucho odio.
El mensaje de alguien como Mandela, como Martin Luther King, encuentra toda su pertinencia en un mundo que ha sobrepasado la confrontación de las ideologías y el totalitarismo. Es un mensaje de esperanza en la capacidad que tienen las sociedades modernas para sobrepasar los conflictos por medio de una comprensión mutua y de una paciencia vigilante. Para llegar a ello, es necesario basarse en los derechos, cuya violación, sea quien sea el autor, debe provocar nuestra indignación. No debemos consentir la transgresión de estos derechos.
El pensamiento productivista, sostenido por Occidente, ha metido al mundo en una crisis de la que hay que salir rompiendo radicalmente con la huida hacia adelante del “siempre más”, tanto en el dominio financiero como en el dominio de las ciencias y de la técnica. Ya es hora de que la preocupación por la ética, la justicia y la estabilidad duradera sea lo que prevalezca. Pues nos amenazan los riesgos más graves; riesgos que pueden poner fin a la aventura humana sobre un planeta que puede volverse inhabitable.
Pero es verdad que se han hecho importantes progresos desde1948: la descolonización, el fin del apartheid, la destrucción del imperio soviético, la caída del Muro de Berlín. Por el contrario, los diez primeros años del siglo XXI han supuesto un periodo de retroceso. Este retroceso, yo lo achaco, en parte, a la presidencia americana de George Bush, al 11 de septiembre y a las consecuencias desastrosas que de él han sacado los Estados Unidos, como la intervención militar en Irak. Hemos tenido esta crisis económica, pero tampoco hemos comenzado una nueva política de desarrollo. La cumbre de Copenhague contra el calentamiento climático no ha permitido establecer una verdadera política para la preservación del planeta. Estamos en un umbral, entre los horrores de la primera década y las posibilidades de las décadas siguientes. Pero hay que esperar, siempre hay que esperar. La década anterior, la de los años 1990, fue una fuente de grandes progresos.
Las Naciones Unidas convocaron conferencias como las de Río sobre el medio ambiente, en 1992; la de Pekín sobre las mujeres, en 1995; en septiembre de 2000, a iniciativa del secretario general de Naciones Unidas, Kofi Annan, los 191 países miembros adoptaron la declaración sobre los “Ocho objetivos del milenio para el desarrollo”, por la cual se comprometen a reducir a la mitad la pobreza en el mundo de aquí a 2015. Mi gran pesar, es que ni Obama ni la Unión Europea hayan manifestado aún lo que debería ser su aportación para una fase constructiva que se apoye en los valores fundamentales.
¿Cómo terminar esta llamada a indignarse? Recordando que, con ocasión del sexagésimo aniversario del Programa del Consejo nacional de la Resistencia, dijimos, el 8 de marzo de 2004, nosotros, los veteranos de los movimientos de Resistencia y de las fuerzas combativas de la Francia libre (1940-1945), que, desde luego, “el nazismo ha sido vencido gracias al sacrificio de nuestros hermanos y hermanas de la Resistencia y de las Naciones Unidas contra la barbarie fascista. Pero esta amenaza no ha desaparecido por completo, y nuestra cólera contra la injusticia permanece intacta”.
No, esta amenaza no ha desaparecido por completo. Por eso, hagamos siempre un llamamiento a “una verdadera insurrección pacífica contra los medios de comunicación de masas que no proponen como horizonte para nuestra juventud más que el consumismo de masas, el desprecio de los más débiles y de la cultura, la amnesia generalizada y la competición a ultranza de todos contra todos”.
A los hombres y mujeres que harán el siglo XXI, les decimos con nuestra afección: Crear es Resistir, Resistir es Crear."

15/3/11

A día de hoy

El conde de Saint-Simon expresa de un modo más ingenuo, si cabe, que su eminente discípulo Augusto Comte, la imagen de nuestro presente; posee, por tanto, una radical actualidad. Esta afirmación depende de la interpretación del presente que cada cual esgrima. Naturalmente, suponemos que esto que estoy llamando "nuestro presente" está muy lejos de manifestar un rostro inequívoco. Será escandaloso lo que digo para los que contemplan el presente desde un optimismo progresista sin matices, pero su número es menguante. 
No me cabe duda de que el liberal-positivismo (liberal-socialismo, demoliberalismo... son nombres posibles) es la triunfante concepción del mundo: esto arrastra ya un diagnóstico del presente en el que no me detendré ahora. Dejo una horrorosa descripción de la futura Europa saint-simoniana, que no es la nuestra más que en su más profunda esencia. Aquí se presentaba sin máscara:

"Capítulo V.
Acción interior y exterior del gran parlamento.

Toda cuestión de interés general habrá de ser llevada al gran parlamento y examinada y resuelta por éste. Será el único juez en los desacuerdos que puedan surgir entre los Gobiernos.
Si una porción cualquiera de la población europea, sometida a un Gobierno cualquiera, quisiera formar una nación aparte o ponerse bajo la jurisdicción de un Gobierno extranjero, el parlamento europeo será el que decida. Ahora bien, no decidirá en favor de los intereses de los gobiernos sino de los pueblos, marcándose siempre como meta la mejor organización posible de la confederación europea.
El parlamento europeo deberá tener en propiedad y soberanía exclusivas una ciudad y su terriotorio.
El parlamento europeo tendrá el poder de recaudar en la confederación todos los impuestos que juzgue necesarios. 
Todas las empresas de utilidad general para la sociedad europea serán dirigidas por el gran parlamento; así por ejemplo, unirá con canales el Danubio al Rin, el Rin al Báltico etc.
Sin actividad afuera no hay tranquilidad adentro. El medio más seguro para mantener la paz en la confederación será llevarla incesantemente fuera de sí misma y tenerla ocupada sin descanso en grandes obras interiores. Poblar el globo con la raza europea, que es superior a todas las otras razas de hombres; hacerlo viajable y habitable como Europa: ésta es la empresa por la cual el parlamento europeo deberá ejercer sin remisión la acción de Europa y mantenerla siempre en vilo.
En toda Europa, la instrucción pública estará dirigida y vigilada por el gran parlamento.
Al gran parlamento se le encomendará la redacción de un código moral, tanto general como nacional e individual, para que sea enseñado en toda Europa. En él, quedará demostrado que los principios sobre los que se asienta la confederación europea son los mejores, los más sólidos, los únicos capaces de hacer que la sociedad sea tan feliz como pueda serlo por la propia naturaleza del hombre y por el estado de sus luces.
El gran parlamento permitirá toda libertad de conciencia y el libre ejercicio de todas las religiones; pero reprimirá aquellas cuyos principios sean contrarios al código moral que se ha establecido.
Así, habrá entre los pueblos aquello que constituye el lazo y la base de cualquier asociación política: conformidad entre las instituciones, unión de intereses, relación de máximas, comunidad moral y de instrucción pública."
(Claude Henri de Rouvroy, conde de Saint-Simon. 
De la reorganización de la sociedad europea)


11/3/11

Karamázov

Acuso recibo de una importante conmoción, el primer atisbo del viejo mundo ruso a través de la obra, que tenía desconocida, de F. M. Dostoievski. En realidad se trata del acercamiento a un espacio inmenso que resulta paradójicamente familiar.

"No es posible comprender a Dostoievski en general si no se tiene muy presente el hecho religioso. Dostoievski afirmó haber escrito Los hermanos Karamázov con una finalidad muy concreta, que era la de demostrar de modo convincente que "el cristiano puro, ideal, no es una abstracción, sino una cosa real, posible, evidente, y que el cristianismo es el único refugio de la tierra rusa contra todos sus males". También declaró que se había propuesto como "un deber cívico imperioso refutar el anarquismo". Esa refutación del anarquismo Dostoievski la acomete en diversos planos: psicológico, sociológico, metafísico y teológico, y a ella consagra dos de las grandes novelas de su última época: Demonios y Los hermanos Karamázov. Al aparecer Demonios, novela inspirada en el asesinato de un estudiante por el anarquista Nechaev, Dostoievski le escribe al zarevich, el futuro Alejandro III, diciéndole que el "movimiento Nechaev" no es un fenómeno fortuito ni aislado, sino "consecuencia directa de la inmensa ruptura entre toda nuestra formación intelectual y los fundamentos primitivos, originales de la vida rusa". El mal para Dostoievski está en que los rusos, desde el momento en que han dado en creerse europeos, han perdido el orgullo de ser rusos, y son precisamente esos rusos pseudoeuropeos los que con sus ideologías importadas han dado pie a monstruosidades como el anarquismo y el nihilismo, y hay que leer el Catecismo del revolucionario, redactado en 1869 por Sergio Nechaev y Miguel Bakunin para entender a qué extremos de demencia criminal puede llevar el amos a la humanidad en abstracto" (Aquilino Duque. Prólogo a Dostoievski, F. M. Los hermanos Karamázov)

4/3/11

Reforma Teológica, Teísmo... Ateísmo

"El Dios del calvinismo es el Leviatán de Hobbes, con su potencia que nada limita: ni el derecho, ni la justicia, ni la conciencia". (John Neville Figgis. El derecho divino de los reyes)
Lo cita Carl Schmitt en su estudio sobre el Leviatán de Hobbes.