29/4/11

De finibus

De respetar hasta el fin la lógica que, desatada por la Gran Revolución y prologada por Sieyès, conduce a la exaltación de las clases útiles a la sociedad, debiéramos someternos pacientemente a las exigencias de la producción. Renunciando a la miserable demanda que todavía pudiera justificar nuestra presencia en el mercado y, habida cuenta de la reducción económica del mundo, debiéramos hacernos a un lado y esperar, o simplemente contar los días sin otro horizonte que añadir otro ocaso al sol que amaneció la última mañana.
La paciente labor de erudición y determinación que define el ejercicio de la filosofía no puede ser útil aunque indirectamente sea eficaz para la optimización, dinamización o animación de grupos, para la gestión de emociones y el desarrollo de estrategias de fidelización de consumidores... Del mismo modo, la erudición y construcción filosófica puede rendir resultados notables también en la configuración de una conciencia civil en la población o en la expansión del perfume solidario a través de las modernas agencias de integración, entre las que ocupa un lugar fundamental el Estado mismo. Pero la verdadera labor de demolición  (entrepeneur de démolitions, rezaba la tarjeta de presentación de L. Bloy ) y reconstrucción real e integral del mundo es una labor inútil en el orden homogéneo del final de la historia, donde cualquier crisis se pseudo-resuelve sobre fundamentos que se consideran inamovibles y definitivos.
Un estrecho concepto económico de utilidad, asumido por los obreros que se quisieron verdadera encarnación del mismo, auténtica clase útil,  define nuestra obsolescencia. La afirmación del Magister Laetus según la cual es libre el hombre que hace mayor cantidad de cosas inútiles, produce hoy una sonrisa sardónica, triste y dolorosa. El pleno triunfo de ese utilitarismo u obrerismo, naturalista y rigurosamente económico, nos reduce al ridículo a medida que se impone sin consentir resistencia. Nuestra contumaz persistencia debiera juzgarse delictiva. Es - en cualquier caso - antisocial e improductiva. 
La enseñanza sujeta a evaluación por agencias de calidad y convertida en proceso didáctico técnicamente programado no puede reconocer otra importancia que la fijada por el mercado laboral, en función, a su vez, del tejido productivo. Importancia económica, en suma, determinada cuantitativamente en términos de magnitudes del relator universal de equivalencia: el dinero. En este caso la importancia se reduce al precio del trabajo, al salario, que de nuestra formación esperamos. Y poco o nada puede esperarse al respecto si te educas en disciplinas clásicas, impropias del mundo moderno.
Podríamos guardar la esperanza de que esta exigencia de renuncia y negación, a que nos fuerza el presente, resultara valiosa, y ya no propiamente útil, llegado el momento de dar cuenta de ese infierno, visible ya hoy, en que consistirá la pretendida realización (progresiva) del reino de Dios en la historia. Acaso a medida que el proceso avanza esté recobrando importancia toda filosofía capaz de volver a situarnos en el escenario del mundo.
Pero no puede tener importancia lo que es universalmente despreciado... Sólo podemos esperar sacrificios.

24/4/11

Filosofía - Sociología.

La sociología es una disciplina republicana por su perspectiva y sus posiciones fundamentales. Es una disciplina civil o burguesa  en su institucionalización, al menos en Francia, aunque también en Alemania de un modo menos exacto. Puede leerse la magnífica introducción de Ramón Ramos a los escritos de Émile Durkheim sobre El Socialismo
La sociología es programática y constitutivamente anti-metafísica y, por lo mismo, es republicana, es decir, contraria a toda monarquía de algún modo fundada en términos metapolíticos, tiende asimismo al socialismo secular y es contraria a todo comunitarismo fundado necesariamente en términos metapolíticos. Puede ser presidencialista pero jamás teológica o tradicionalista. Quiere ser naturalmente científica. Esta posición doctrinal se juega históricamente en terrenos sociales e institucionales muy determinados, en los que la filosofía ha ido perdiendo sistemáticamente la batalla. 
En España los estudios de filosofía fueron introducidos en la educación secundaria por el régimen posterior a la guerra civil. Las facultades de filosofía pasaron entonces a la vanguardia ideológica de la estructura universitaria y, a través de su presencia en la segunda enseñanza, su alcance se extendió sobre el conjunto de la población letrada del país. En España - como todo el mundo sabe - esos ominosos cuarenta años han retrasado nuestra incorporación a la plena modernidad europea. [Uno se pregunta qué sería de España desde el siglo XVI. Si se está informado, se conocerá la amplia "literatura histórica" que nos proporciona una legendaria y negra explicación al respecto] La guerra civil habría abortado - además - los pasos hacia la plena modernidad que se habían dado en las primeras décadas del siglo y, especialmente, durante nuestra segunda república. Abortado el camino al nuevo horizonte la sociología sólo lograría su institucionalización en España de modo extraordinariamente tardío, y es contemporánea de la elogiada transición democrática española que se abre paso desde finales de los años setenta. Es patético contemplar a los filósofos de nuestros días buscando su espacio en los planes de estudio, enfatizando el perfil profesional - la utilidad social, es decir, económica del licenciado en filosofía - merced a sus virtudes relativas a las técnicas sociales o de management. Sólo la construcción de una metafísica capaz de hacer frente a la antimetafísica moderna podría hacer valer realmente una filosofía que se pretenda tal y no mera denominación vergonzante de un sucedáneo de las ciencias sociales. De hecho su continuidad en la enseñanza media se explica por su conversión en una forma de confusa divulgación de las ciencias sociales, ante las que ha ido perdiendo terreno. La psicología y psicopedagogía ha tomado las labores de orientación doctrinal, la economía y la sociología ocupan ya, con denominación propia, posiciones en el bachillerato. Este proceso que está teniendo lugar todavía entre nosotros, es ya viejo en países avanzados de nuestro entorno.
".... todas las secciones en La Sorbona tienen directores, y resulta interesante observar qué secciones son las que los tienen y cuáles las que no. Los directores valen lo que valen, pero al menos lo son y ellos son lo que son. Podemos estimarles, podemos desestimarles. Pero ya es notable que haya directores, y una de las mayores miserias es que haya secciones que no los tengan. Valen lo que valen, pero en esta enumeración se puede decir que M. Lanson, tal como es, es el patrón del francés, que M. Lavisse, tal como es, lo es de la historia; que M. Brunot es del alemán, y ya asoma la cabeza un pequeñuelo que será el patrón del inglés. Por el contrario, hay otras disciplinas que no tienen jefe. Y la reina de todas esas disciplinas no tiene patrón en la Sorbona. No deja de ser un hecho digno de ser tenido muy en cuenta que la filosofía no esté representada en la asamblea de los dioses, que la filosofía no tenga patrón en la Sorbona. Porque es evidente que M. Durkheim no es en absoluto patrón de la filosofía, sino un patrón contra la filosofía. Nada pone de relieve con más perfección, nada expresa mejor esta aversión y no sólo esta indigencia, este terror que la Sorbona tiene actualmente ante todo aquello que es pensamiento. Y cierro aquí mi paréntesis". (Charles Péguy)
 

Pueblo y Comunidad. A propósito de Charles Péguy.

Charles Péguy ha descrito como pocos la dimensión radical de la gran transformación, de la substancial metamorfosis que significa la modernidad y conoce como pocos la naturaleza de su agente esencial: la ciudadanía, léase, la burguesía. 

"Fuimos educados en un mundo radicalmente distinto. Se puede decir que el niño educado en una ciudad como Orleáns entre 1873 y 1880 estaba en contacto físico, literalmente, con la antigua Francia, con el antiguo pueblo, con el pueblo sin más. Y hasta se puede decir que esta su participación fue plena, porque la antigua Francia estaba todavía entera e intacta. La ruina se ha producido, si así puedo decirlo, sin solución de continuidad y en pocos años [...].
Puede creerse que fuimos educados en un pueblo alegre. En aquellos tiempos, un lugar de trabajo era un rincón de la tierra en el que los hombres eran felices. [...]."

Péguy conoce la metafísica que sostiene el orden comunitario que habita el pueblo, una metafísica que trascendió durante décadas la oposición entre la metafísica de la ciencia de sus maestros laicos y la metafísica teológica de la iglesia. Acusa una contradicción alarmante: mientras la metafísica de la ciencia es ineficaz pudo mantener, sin embargo, la confianza en sus maestros laicos. La metafísica teológica ha manifestado su potencia pero sus depositarios se pierden: "...aquellos que poseen la confesión no tienen ciertamente la confianza, aquellos que creen no confían en los depositarios de su fe". La razón está en la procedencia de esos maestros laicos que, más allá de su doctrina, son parte del pueblo: "un hombre pertenece a su extracción, un hombre es lo que es. No es aquello que hace por los otros, lo serán quizá sus sucesores. Pero él no. El padre no es de él mismo, es de su origen, de su extracción; sus hijos son suyos".
Exacta es, finalmente, su rápida determinación de esta vieja metafísica del pueblo, una ontología de la comunidad o de la persona. Es fácil entender por qué no se lee a Ch. Péguy hoy, entre nosotros.

22/4/11

Tradicional espíritu de analogía - Moderno espíritu de geometría.

Unas palabras de las Reflexiones sobre la revolución francesa de E. Burke. Pórtico para un tratamiento de las relaciones entre naturaleza (orgánica) y analogía como forma del pensamiento tradicional, de las operaciones reales del pensamiento como tal, en cuanto pueda oponerse a la estructura de las ciencias ("Donde empieza el cálculo cesa el entender" A. Schopenhauer).

"Nuestro sistema político está colocado en justa correspondencia y simetría con el orden del mundo y con el modo de existencia propio de los cuerpos que permanecen, aunque sus partes cambien. Por disposición de la grande sabiduría que preside el gran misterio de la cohesión de la raza humana, el conjunto, en un momento dado, ni es viejo ni joven, ni está entre dos edades, pero se perpetúa constantemente inmutable en medio de las decadencias, de las caídas, de los renacimientos y de los progresos.
Así, empleando el método de la Naturaleza en la acción del Estado, lo que nosotros mejoramos no es jamás completamente nuevo, y lo que conservamos no es nunca completamente viejo. Quedando así vinculados con estos principios a nuestros mayores, no por la superstición de la antigüedad, sino por el espíritu de la analogía filosófica" (E. Burke)

9/4/11

La Excelencia Torcida

De un tiempo a esta parte no se cae de la boca de cualquier político la palabra "excelencia". No les pidan jamás, sin embargo, que doten de contenido al término, esto es algo que el político no puede dar porque sería tanto como dar la cara. 
Nietzsche ha defendido que la "areté" (que he visto traducida casi tantas veces por "excelencia" como por "virtud", sin duda al objeto de evacuar el contenido moral que el idioma tradicionalmente adhiere al término "virtud"), concebida de modos diversos por diversos tipos de hombre, debía ser tomada como síntoma de la constitución de los hombres en cuestión, constitución de su "voluntad de poder". Entre persas el hombre excelente ha de saber manejar el arco y decir siempre la verdad, recordaba Nietzsche, entre griegos el hombre excelente (el "aristos") había de ser brillante en la batalla y pronunciar hermosos discursos. ¿Cómo ha de ser el hombre excelente de los políticos de nuestro tiempo?. Podríamos resumir la respuesta a la luz de la índole misma de semejantes hombres políticos. Pero no  tomaremos este atajo.
La turbia, por manida, palabra "excelencia" tiene un valor adjetivo, es decir, ha de especificarse por referencia a un sustantivo de donde toma su valor. Dicho de otro modo, la excelencia, por sí misma indeterminada, podría resultar mala si se vincula a un valor o contenido, a un fin, que fuera propiamente malo. Un excelente asesino sería peor cuanto mejor asesino, de manera que el peor asesino sería el asesino excelente. 
Sucede que, aunque no por ser lectores de Nietzsche, nuestros políticos sólo pueden habitar la atmósfera del relativismo. No respiran fuera de esa esfera pútrida: esfera infinita, claro está, sin centro y sin perímetro. Imposible bosquejar la compleja etiología histórica de semejante descomposición, que exigiría dibujar la historia de la negativa metafísica de la modernidad, de la moderna anti-metafísica. Apuntaremos en un bosquejo, apenas pespunteado, lo siguiente:  
Con el hundimiento del difícil equilibrio de fe y razón se hizo imposible la comprensión equilibrada de la condición humana. La elevación de la razón y consiguiente reducción de la fe (desde entonces "superstición") llevaría a la forma moderna del delirio racionalista, que en otras figuras ya conociera la antigüedad pagana ("loco es el que ha perdido todo, salvo la razón" dice Chesterton, que no se olvida de juzgar a Platón "el padre de todos los lunáticos"). Esa razón es el trasunto de la forma de cálculo utilitario que rige la acción del sujeto en la sociedad de mercado, pedimos disculpas por no mostrar aquí los avales de esta tesis.
Siendo así, la moral racional, que pretendiera atenerse a una fundamentación estrechamente racional de la acción, resultaría finalmente reducirse, al margen de la voluntad de sus promotores, al pretendido "axioma" de la nueva sociedad de mercado: la norma de incremento del beneficio. Bondad reducida a beneficio, bien a bienestar, vida buena a buena vida o calidad de vida.
Esta irrespirable atmósfera funcional supone la negación de toda posición metafísica (metapolítica), significado real del principio liberal de tolerancia, negación que está detrás, en suma, de la exclusión pública y limitación a la conciencia privada de las creencias religiosas o de toda cuestión fundamental (hoy hablarían de fines o valores)
 De este modo la organización política (pública) de la educación ha ido descargándose de cualquier disciplina orientada al tratamiento de semejante tipo de problemas, ha querido devenir laica, secular, desacralizada. La Crítica habría revelado finalmente el carácter no propiamente cognoscitivo  (con esto se quiere decir "científico") de semejantes disciplinas, con lo que no habría lugar para su tratamiento en instituciones de conocimiento o formación científica y/o técnica. Así resultará obviamente escandalosa la presencia de la religión, pero también la filosofía o la historia habrán de deshacerse de toda aspiración metapolítica (metafísica). Se tratará de organizar la educación - diríamos instrucción - en función de un horizonte cercano, casi inmediato, muy lejos de toda aspiración transcendente.  Pero al romper el vínculo íntimo de fe y razón no sólo la razón queda instrumentalmente degradada, sino que la fe misma se convierte en fe ciega  ("quien no cree en Dios es capaz de creer en cualquier cosa" ha escrito Chesterton) lo que no deja de resultar rentable para el floreciente mercado de la visión y el oráculo.
Nuestros hombres políticos que quieren reformar nuestro sistema educativo olvidan estos problemas, dando por sabido - al parecer - cuál sea el contenido de su sonora excelencia . A menudo ponen el énfasis en la disciplina. La hermosa palabra "disciplina" carece, sin embargo, de luz propia. Del mismo modo que la excelencia, sólo posee luz indirecta y la recibe de la humilde posición del  "discípulo", lo que supone un "maestro" . Me cuesta concebir como tales a los expertos en lengua inglesa y nuevas tecnologías, vanguardia de la instrucción ultramoderna. Para alcanzar la pericia científica o tecnológica hace falta, sin duda, mucha disciplina, acaso tanta como para alcanzar la visión del asceta (ascesis es sinónimo de disciplina). Pero el valor de esa disciplina está en función del objeto al que se orienta. Los profesores de inglés y tecnología serán buenos profesionales, no pueden ser - como tales profesores de inglés o tecnología - maestros.
Cuando los excelentes colegios de nuestro tiempo se llaman Brains  nos podemos temer que estén instruyendo castas o élites de la ya vieja sociedad industrial y de mercado, hombres eficaces capaces de incrementar el rendimiento productivo de las empresas que los contraten. No estaría la solución en crear centros llamados  Hearts que vendrían a subsanar nuestras disfunciones prácticas haciéndonos expertos en habilidades sociales o magníficos gestores emocionales.

Es imprescindible abrir el campo para una nueva metafísica que, por otra parte, no podrá construirse más que con los viejos sillares de la tradición: son el único fundamento desde el que acceder a nuestro horizonte metapolítico, es decir, a la verdadera realidad. Lo exige una razón vital que no tolera que un hombre pueda ser estrictamente irracional porque sabe que tampoco puede ser puramente racional. Han sido los más conscientes de la desesperación moderna los que han señalado siempre en dirección al problema. Su fracaso nos atemoriza cuando intentamos emprender la mencionada construcción, pero gracias a ellos sabemos que no hay otra vía. E. Cioran ha escrito:

Comparado con Aristóteles, un santo es una analfabeto. ¿Por qué, entonces, nos parece que podríamos aprender más de este último? 1

1. Tomo la cita del blog de E. García-Máiquez.