9/10/11

Permanente Estado de Excepción

La patulea gobernante ha decidido desprenderse de cualquier pudor. Hace tiempo que en España la ley es sistemáticamente negada, obliterada, desoída. Son los propios tribunales, cuando no es el mismo poder legislativo el que pasa por encima de la legalidad que sanciona, por no hablar del constante escarnio que hacen de nuestra indigente legalidad los poderes autonómicos o locales. Es de una impudicia que ya no avergüenza a nadie, pero que podría estropear el estómago al que conservara mínimamente erguida la columna vertebral. Esto al margen de la substancia misma de esa legalidad, diseñada para su violación: prostituida, escarnecida, engañada desde su concepción.
En la medida descomposición del sistema público de educación también se ha pasado ya de la lenta degradación legal - promovida tanto por la nueva izquierda como por su derecha clásica - a la imposición inmediata de la potente decisión del cacique. Sirva un ejemplo: tras haber reducido en torno a un 10% del personal en algunos institutos públicos de la comunidad de Madrid se les ofrece ahora satisfacer ese porcentaje perdido con nuevos profesionales - "profesores transformacionales" - procedentes de la Fundación "Empieza por Educar". Profesores que no han concurrido al sistema público de oposición y que ocuparan plaza junto a los funcionarios docentes, cuya extinción en la educación secundaria no se hará esperar. Por supuesto, seguirán idéntico destino en un plazo  breve los asimismo funcionarios docentes de la educación universitaria.
La pánfila población del Estado (abochornaría, al que tuviera el menor conocimiento histórico, llamar "España" al Estado que nos carea) mira a un lado y a otro, desprovista de toda orientación. El pensamiento filosófico y político español sucumbió hace tiempo al dulce bienestar democrático, y de su vieja existencia no queda nada.Basta ver los últimos programas de televisión dedicados a nuestros "filósofos". ("pienso, luego existo")


PS. El autor de estas líneas estima haber alcanzado una frontera cuyo tránsito exige una mutación. Estima que esa frontera no es meramente subjetiva, sin despreciar lo que tenga de biográfica o personal. El autor de estas líneas sabe que esa transformación no es posible, al menos de modo inmediato y definitivo, y que exige una reorientación de todo orden. No es posible ese cambio, pero podemos intentar desplazar unos centímetros nuestra mirada. Contra la enseñanza de San Ignacio, que pide no hacer mudanza en tiempo de desolación ensayaré un cambio, que conozco imposible. En resumen, que desde ahora este mismo sitio se encontrará en este otro lugar: A Día de Hoy.

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