4/9/08

Dramatis Personae

¿Qué pensaría el maestro Ayala de alguien que no ya cubre su rostro con la máscara, ni siquiera cubre una máscara con otra, sino que, negándose el rostro, se desliza detrás del foro para confundirse con el fondo y emitir así su leve voz?. Pese a sus fantasías {"Me habría gustado darme cuenta de que en el momento de ponerme a hablar ya me precedía una voz sin nombre desde hacía mucho tiempo: me habría bastado entonces encadenar, proseguir la frase, introducirme sin ser advertido en sus intersticios, como si ella me hubiera hecho señas quedándose, un momento, interrumpida"} es Michel Foucault un autor reconocido que, firmando al pie de su discurso, generó unos derechos que tras él disfrutan sus herederos. Pese a nuestras pretensiones contrarias, los que hablamos desde cualquier lugar de este desordenado discurso telemático, realizamos horrorosamente sus fantasías. Perdemos el rostro y negamos la máscara incluso cuando enfáticamente anotemos un nombre que afirmamos que es nuestro propio nombre. Podríamos añadir la cifra oscura de nuestro documento nacional de identidad para dejar del todo claro que, precisamente, no somos nadie. Los que aquí hablamos realizamos las pretensiones del autor M. Foucault y "nos deslizamos subrepticiamente" a este discurso abierto, sin lugar, sin origen, sin procedencia; estamos - me temo - justamente desautorizados. 

"La adopción de un psuedónimo, que en muchos casos obedece, sin duda, a razones circunstanciales (por ejemplo, la mujer que usa como nom de plume uno masculino; el aristócrata, o el político y hombre de ciencia que desea mantener sus "veleidades" literarias como un hobby, aparte de su imagen pública), tiene en el fondo un significado radical relacionado con lo expuesto, ya que revela el momento de ficcionalización del autor, quien, al producir un mundo imaginario, se crea a sí propio también como personaje de ese mundo. Así, el nombre de don Ramón María del Valle-Inclán, con todos sus títulos y ringorrangos, no deja de ser una especie de seudónimo compuesto con elementos extraídos del Registro Civil para designar a esa figura de su invención que él creó imaginativamente, en la que se fraguó a sí mismo; y en cuanto a Azorín, ¿no lo vemos acaso desprenderse del personaje ficticio, de aquel Antonio Azorín que habitaba sus primeras novelas, para erigirse en autor ficcionalizado de todos sus escritos con existencia autónoma frente a cada uno de ellos, pero unificándolos dentro de un común ámbito mimético? José Martínez Ruiz, el hombre viviente de quien emanaron esas obras, queda, elusivo siempre detrás de esa máscara" (Francisco Ayala 1970)


La leve voz que aquí alzo sólo cobra gravedad ante el estrechísimo - por escaso - grupo de amigos que me nombran y autorizan. Son el pequeño pero real campo gravitatorio que impide a la leve voz disolver su responsabilidad en lúgubres paraisos foucaultianos. Como no quiero "ficcionalizarme", en mundos paralelos que son finalmente tristes paraísos artificiales, realmente os saludo tras las vacaciones. "Yo se quién soy". Un abrazo

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