19/10/10

La educación como profesión (1)


No voy a ensayar aquí una teoría de la educación o de la deriva – el término no puede ser más exacto – que el sistema educativo español y europeo, cristalizado en el Espacio Europeo de Educación Superior, ha seguido en los últimos años.  Mi pretensión es meramente descriptiva del efecto subjetivo  que esta deriva ha supuesto en la vida cotidiana de los dedicados profesionalmente a la educación y en la del que suscribe en particular. No se trata de un ejercicio psicológico, sin que desprecie por ello su inextricable dimensión psicológica, sino de aspectos formales y compartidos: ratio studiorum, temporalización, tutela psicológica, organización docente…
Una somera descripción arroja un panorama desolador. En primer lugar, de la vieja tradición académica, que bajo diversas formas ha definido la transmisión del saber desde la Antigüedad, no queda nada. Por supuesto la idea de un saber esencial, dotado de un índice casi sacramental, ha desaparecido con los últimos restos de la teología y la metafísica. Ahora bien, incluso los saberes vinculados al concepto de nación y marcados todavía por un valor trascendente, han desaparecido de nuestro presente. Cobran el aspecto de formas de transición en la vía que conduce al vaciado o desacralización (secularización) de los saberes, que tiene su cota en una concepción tecno-económica o funcional (en términos eufemísticos”profesional”) de la educación. Así, quedan en pie los contenidos “politécnicos”, por mentar la institución revolucionaria que albergara el germen del positivismo, cada vez más afectados por las demandas del mercado de trabajo, a su vez subordinado a un imprevisible mercado de consumo. Entre estos aparecen saberes que se quieren asimismo técnicos aunque orientados al tratamiento y administración de las formaciones sociales y las conductas individuales degradadas, en el proceso, a la esfera del “ego diminuto”…
En suma y a falta de algo mejor, se asume el proyecto liberal-positivista y en su horizonte se disponen los sistemas de formación y planes de estudio. Se me dirá que en la educación secundaria y también en las áreas universitarias perduran viejas categorías: filologías clásicas, filosofía, historia… Viejas disciplinas que ocupan su democrático lugar en función de una exigua y menguante demanda, aunque efectiva, de manera que persisten parsimoniosamente. Pero es una dramática apariencia. La conciencia de sus practicantes se muestra tomada por la ideología que los elude y buscan convertir –reconvertir al modo de los obsoletos sistemas productivos – sus contenidos tradicionales en herramientas funcionales en relación a las mismas demandas profesionales que satisfacen las técnicas sociales. Todo ello como un momento más en la actual degradación del orden civilizatorio, que desborda la institución educativa,  y esconde la más profunda confusión estimativa, afectiva e intelectual.Volviendo a nuestro propósito: la actividad cotidiana del docente se ve tomada en cada uno de sus minutos por exigencias administrativas que buscan contener, según los parámetros presuntamente técnicos de las mencionadas “ingenierías sociales” y, muy especialmente, la (psico)pedagogía terapéutica, el huracán  de sinsentido asentado en el fondo de nuestra modernidad.  El ajetreo propio de una laboriosidad entomológica impotente: (i) para contener las “disfunciones” del sistema educativo porque es (ii) Intelectualmente impotente para entender la raíz nihilista del siglo. Una fatigosa por absurda exigencia de formación técnico-abstracta en pericias psicopedagógicas que consume el mínimo espacio que todavía venía quedando para el estudio. En efecto, el salario del docente se asocia a una “formación permanente” que se define en tres ejes sin contenido: inglés, pedagogía y nuevas tecnologías. Todo ello sin haber renunciado, al menos en nuestro país y por el momento, a la noción ya ridícula de una entrega vocacional al sacerdocio intelectual, noción antes ligada a la educación. Mi convicción de la perfecta inviabilidad a largo plazo de nuestra sociedad y con ella de su informe modelo formativo, involucra la percepción de la propia vida como arrojada, entregada y vanamente perdida. Los concebidos como “problemas psicológicos” de la población docente podrían no ser otra cosa que un hundimiento moral que afecta en especial al sector constitutivamente más sensible al presente oscurecimiento del mundo.
               

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