21/5/11

España real, ahora.

Hará falta algo más que dormir al raso, algo más que organizar asambleas - aunque sean multitudinarias -... Si es cierto que parece un signo de sentido común reducir la abigarrada pluralidad de exigencias, más o menos utópicas, a la muy determinada y crítica de reformar la ley electoral, también parece que oscurece el propósito fundamental - anterior a la adscripción partidaria - situar a todos los partidos políticos en el mismo plano. Puede parecer lo propio de un movimiento político a-partidista, pero con las decisiones de Salomón hay que tener cuidado. El niño aquí es, evidentemente, España y aunque lo cierto es que aquí se acaba la semejanza, dado que ese niño es la madre, tampoco es el mismo trato el que le han venido dando sus pretendidos "asistentes sociales".
Y se trata de España en su estado actual, no de una idea o un proyecto sino de lo que hay.  Pero la reforma de la ley electoral - un objetivo determinado - requerirá de una potencia filosófica realmente radical y de una fuerza social capaz de conmover los bien arraigados tentáculos de tanta ilustre señoría.
Es lo de menos, que uno "se sienta" o no parte de la España que se arriesga en la partida. Es lo de menos que reconozca o no esa España como propia. Hay extremos en que se arriesga la mera existencia del objeto, y hay que olvidar cualquier consideración extraña al reconocimiento último de su valor propio. Extremos en que, para salvaguardar cualquier ulterior posibilidad, hay que defender su actual realidad. En este punto, hay que determinar, en alguna medida, la diferencia que hay en el trato que los partidos gobernantes en España le han dado a la que, desde un punto de vista radical, es la matriz de nuestra existencia, valga ésta lo que valga. 

Abrazado a tu cuerpo como el tronco a su tierra,
con todas las raíces y todos los corajes,
¿quién me separará, me arrancará de ti,
madre?

Abrazado a tu vientre, ¿quién me lo quitará,
si su fondo titánico da principio a mi carne?
abrazado a tu vientre, que es mi perpetua casa,
¡nadie!

Madre: abismo de siempre, tierra de siempre: entrañas
donde desembocando se unen todas las sangres:
donde todos los huesos caídos se levantan:
madre.

Decir madre es decir tierra que me ha parido;
es decir a los muertos: hermanos, levantarse;
es sentir en la boca y escuchar bajo el suelo
sangre.

La otra madre es un puente, nada más, de tus ríos.
El otro pecho es una burbuja de tus mares.
Tú eres la madre entera con todo su infinito,
madre.

Tierra: tierra en la boca, y en el alma, y en todo.
Tierra que voy comiendo, que al fin ha de tragarme.
Con más fuerza que antes, volverás a parirme,
madre.

Cuando sobre tu cuerpo sea una leve huella,
volverás a parirme con más fuerza que antes.
Cuando un hijo es un hijo, vive y muere gritando:
¡madre!

Hermanos: defendamos su vientre acometido,
hacia donde los grajos crecen de todas partes,
pues, para que las malas alas vuelen, aún quedan
aires.

Echad a las orillas de vuestro corazón
el sentimiento en límites, los efectos parciales.
Son pequeñas historias al lado de ella, siempre
grande.

Una fotografía y un pedazo de tierra,
una carta y un monte son a veces iguales.
Hoy eres tú la hierba que crece sobre todo,
madre.

Familia de esta tierra que nos funde en la luz,
los más oscuros muertos pugnan por levantarse,
fundirse con nosotros y salvar la primera
madre.

España, piedra estoica que se abrió en dos pedazos
de dolor y de piedra profunda para darme:
no me separarán de tus altas entrañas,
madre.

Además de morir por ti, pido una cosa:
que la mujer y el hijo que tengo, cuando pasen,
vayan hasta el rincón que habite de tu vientre,
madre.
                                                                                                 (Miguel Hernández)

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