27/7/09

Más papistas que el Papa.

Dios nos libre de nuestros amigos, he oído decir, que de nuestros enemigos ya nos defenderemos nosotros. En torno a la Iglesia, y al monarquismo papal, han crecido históricamente espinosas barreras que no sólo han puesto en jaque la ortodoxia, sino que han separado peligrosamente a la jerarquía eclesiástica de su grey. Por otra parte, han forzado y acabado legitimando más de un Saco de Roma. El publicista más agresivo - por hallarse a la defensiva - de la Teocracia vaticana, y por lo mismo y de hecho uno de los mayores enemigos de la compleja pero fundamental doctrina gelasiana de la dos espadas (cuyo valor crítico nunca será estimado en exceso), ha sido Egidio Colonna (Gil de Roma). Signo de la quiebra de la Comunidad Universal, Egidio fue discípulo de Santo Tomás de Aquino e íntimo consejero de Bonifacio VIII, cuya bula Unam sanctam respira en la minúscula atmósfera de Egidio. Señala cómo el ritmo biográfico importa en la historia del mundo, cincuenta años bastan a una metamorfosis histórica, y con ello manifiesta que en alguna medida importa nuestra acción individual. Afirma en su De ecclesiastica potestate (1302):

"Así como el universo la substancia corporal está regida por la espiritual - pues los mismos cielos, que son lo más alto entre los seres corporales y tienen poder sobre todos los cuerpos, están regidos por substancias espirituales como inteligencias motoras - así entre los cristianos todos los señores temporales y todo poder terreno debe estar gobernado y regido por la postestad espiritual y eclesiástica, y en especial por el papa, que ocupa la cumbre y el rango más elevado entre los poderes espirituales y en la Iglesia"

10/7/09

Progreso y más progreso.

Un tal M. A. Aguilar ha escrito un libro en que compara física e información, acabo de oírlo y verlo en el telediario nocturno de Hermann Tertsch. Hace más de dos siglos a cualquier necio se le presenta el propósito mágico de enderezar por el seguro camino de la ciencia - siempre en singular y con mayúscula reverente - aquello a lo que se dedica, sea la charla o la carpintería. Empezaba el tal Aguilar diciendo que la matemática - de la que sabe por lo menos tanto como yo - era el modelo de la cientificidad, aquel al que quisiera acercarse cualquiera; entre latinistas o sociólogos, añade. No me negarán que la asociación de estos dos gremios es digna de atención especial.
El estimado Aguilar, que habla como si tuviera la boca llena de baba, da por supuesto en todos nosotros tal afán, ignorando que es multisecular el ensayo antitético a semejante supuesto, es decir, el ensayo de desligar esas dos vías que habrían llegado a constituir dos culturas. Pero no sólo hay que desligar, sino que hay que desvelar el proyecto social y político que subyace a los alegatos cientificistas como el que, ahora propone Aguilar en el campo informativo (que, al parecer, no habría que confundir con el periodismo según el ínclito Miguel Ángel Aguilar ya versado en la nueva escolástica). Esta repetición en enésimo grado de vulgarización ya casi hastía.
No he podido acabar de oírle, imagino que disfruta de alguna plaza de charlista en la universidad española, y conoce bien la vulgata epistemológica al uso. Además la ha aprendido, como corresponde a su hondura, sin mayor crítica admitiendo cualquier presunta sutileza verbal. Así , por ejemplo, llega a hablar de la cuantificación de la noticia con el ejemplo histórico siguiente: es más noticia o hay más cantidad de noticia en el acto de un niño que muerde a un perro, que en el acto de un perro que muerde a un niño. Sólo se me ocurre delatar su ignorancia de perros y niños, por lo demás no creo que este necio bien pagado merezca el menor comentario.
Me atrevería a sugerirle, de tenerlo a la vista, la lectura de un breve opúsculo de G. Bueno - dedicado a bachilleres - que lleva por título "¿Qué es la ciencia?". Por supuesto, ninguna recomendación relativa a ¿Qué es la teoría de la ciencia?. "Teoría de la ciencia" es otro ideologema que designa a lo que no puede dejar de ser filosofía. Y de esto D. Miguel Ángel Aguilar apenas ha oído hablar... ni podría oír más. Discúlpenme la acritud, que no es buscada, pero que empieza a ser irreprimible.
Naturalmente conozco el enorme prestigio del personaje en cuestión. Al parecer merece, por boca de muchos, el noble título de "maestro". Mal ha de estar el mundo cuando el maestro es un burro, decía un viejo.

7/7/09

Vacaciones

Las condiciones que configuran nuestro presente hacen casi imposible plantear la cuestión. Pero cabe, entre los raros, hallar quien no deja de presentarla. Me refiero a la cuestión por la índole de ese fenómeno recurrente en el curso vital de los sujetos de las poblaciones modernas: las vacaciones. Apenas podríamos llamar biografías a estos cursos vitales puesto que no resultan singulares, aunque tampoco pueden resultar de una ingeniería política y antropológica, que no sea meramente tentativa y arriesgada.
En fin, hablamos de ese fenómeno que consiste en liberar a la población laboral de su carga de trabajo, pero desde luego no de su lúdica carga de consumo. Muchedumbres de individuos cuyo horizonte vital, antes sostenido en alguna forma de esperanza se reduce ahora al radio de su propia biología, buscan una salida al horizonte intrascendente de sus días. Viven sin trabajar, como plenos consumidores, durante unas semanas. Éste es el trasunto secular de una vida feliz que, de suyo, no conoce un momento secular. La felicidad sólo puede ser eterna; pero la forma límite temporal de la eternidad - como se sabe desde antiguo - es el círculo, el anillo, la recurrencia. Vivir de vacaciones sería tanto como vivir entregado a la simple recurrencia: ¿y no sería esta la mejor vida?.
Entretanto paradójicamente nos dan quince días. Yo me los tomaré para regresar a este magnífico hueco electrónico a finales de mes.
Para cualquiera que se encuentre al otro lado sea mi saludo. ¿Hay alguien ahí?... pero, !ya estoy rechazando mis quince días¡... éstas no son preguntas para los que tomamos vacaciones.

14/6/09

La impostura freudiana.

[Ante la lectura de un texto magnífico de Juan B. Fuentes]

Aviso del porvenir.


¡Atención! ¡ Atención! Se abre una fábrica
de buenos sentimientos. ¡Atención!
¡Acudid! ¡Acudid!. La ciencia hipnótica
le ha tocado las barbas al buen Dios.

Procedimientos de excelentes médicos
pueden hacer sentir a un corazón,
en un minuto o dos, a precios módicos,
lo que guste el feliz consumidor.

Pueden hacerse los bandidos ángeles
como se hacen tortillas con jamón,
y se dan pasaportes baratísimos
para ir al reino celestial, by God!

Se hacen almas virtuosas y magníficas
de cuarenta caballos de vapor,
y lecciones se dan teórico-prácticas
para vencer a Lucifer al box.

Yo, señores, me llamo Peter Humbug
(obsecuente y seguro servidor),
y me tienen ustedes a sus órdenes,
30. Franklin Street, en Nueva York.

(Rubén Darío. Santiago, marzo de 1887)

6/6/09

En las tinieblas.

Quisiera escribir unas líneas en el estilo de Léon Bloy. Declarar en poco espacio un sufrimiento que me atraviesa y me consume. Humilde pero glorioso, acusar al mundo. No puedo, soy un vencido, serviría de tema pero no puedo ser el autor de la glosa que cifre mi derrota.
La imagen de cabecera recoge el espectáculo que me ofrece la mañana. Encerrado en un mínimo claustro amurallado, casi un zulo que apenas me defiende de la agresión, espero a que las muchedumbres de la oclocracia se hayan dispersado con la luz del día. Mis hijos se despiertan suavemente, les doy su desayuno tratando de sonreir sin mencionar a las criaturas de tiniebla. Las ventanas cerradas todavía para eludir la atmósfera de orín y vómito rancio. En ese contexto mi trabajo cotidiano resulta absurdo por una razón genérica y demoledora: no tiene sentido premeditar una ofensiva cuando tu ejército diezmado, está siendo reducido, aniquilado, destruido. Alzar la voz para exigir el silencio mínimo que requiere el estudio, en medio de la angustiada bacanal de nuestros días: labor trágica. Es maldad y es cobardía.

"Sería necesario estar privado tanto de razón como de olfato para no sentir que el cuerpo social entero es una carroña parecida a la de Baudelaire "de la que brotaban negros batallones de larvas" y cuya "hediondez era tan fuerte que, en la hierba, la amada creyó desvanecerse" Esta abominación, que sólo por el fuego puede ser conjurada, aumenta cada día con espantosa rapidez. Nos acostumbramos, haciéndose la cobardía de los unos cómplice de la maldad de los otros, y quienes más horror debieran sentir se resignan a la mugre en silencio y con los brazos cruzados. Es la bancarrota de las almas, el irreparable déficit de la conciencia cristiana.
Es pues evidente que Dios se verá forzado a renovar todas las cosas, pues realmente no hay medio ya de subsitir por más tiempo de este modo..." (L. Bloy)

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