17/10/09

The Road

Estoy leyendo con enorme dificultad la novela La Carretera, de Cormac McCarthy. Dificultades para soportar el texto: doloroso y desesperanzado. No queda un mínimo rastro de esperanza, pese a que se alude al vínculo del padre y su hijo como último eco del mundo. Arrasado, inhabitable, desolador, no puedo dejar de recordar una de esas frases abismales y sucias, que he oído atribuir a J. P. Sartre: "El infierno son los otros". En el desierto sin matices que presenta McCarthy los otros no pueden adjetivarse. Carecen de nombre en cualquier idioma humano. El espacio asfixiante que se dibuja es milimétricamente la contrafigura del mundo: no hay enemigos, sino figuras antropomórficas del mal sustantivo. Los restos arruinados de las viviendas, antes hogares, figuran como espantosos baluartes del inmundo. Nada de esto resultaría aterrador de no contar con los protagonistas - un padre y su hijo, apenas un niño - en cuya simple existencia radica el elemento de ficción del texto. La anti-atmósfera del libro no toleraría la subsistencia del más mínimo resto de un vínculo afectivo semejante al que sostienen los personajes. El resto sólo enfatiza componentes realísimos y eficaces de nuestro presente: la ficción es aquí la esperanza.
Sólo los ciegos se negarán a ver la patente realidad del mal entre nosotros, no es pesimismo pero tampoco un optimismo vacío que es hoy ya una auténtica locura o efecto de la más neta estupidez.
Con un sacrificio que apenas puedo medir trataré de llegar al final del libro. Las solapas recogen la voz de un crítico que afirma la presencia en el texto de un fundamento para la esperanza, con lo ya visto me basta para estimar el error del crítico. De otro modo habría que concluir que McCarthy acaba haciendo increíble su narración, lo que no es buen signo en una novela de ficción. Diré, entre paréntesis, que tras avanzar unas páginas retorno al Kempis (todavía no toco el Evangelio) que apenas puede purgar la infección.  Espero, sin embargo, que el tiempo me deshaga de la angustia pero nada puede liberarnos del terror que produce, a día de hoy, la simple realidad. Pero hoy es posible todavía prepararse para la batalla: cotidiana, ancestral, y dolorosa.

4/10/09

Clamoroso silencio.


La casi plena falta de libertad, efecto de una emancipación asfixiante, se ofrece en numerosas formas. Se trata de la aparente paradoja de una liberación masiva e indiferenciada, una libertad total, que reduce, contrae y, finalmente, aniquila cualquier movimiento realmente libre. Un aspecto de esta plena liberación negativa consiste en la luminosa evidencia de ciertas presuntas verdades: la plena verdad correspondiente a la plena libertad. Pero en el orden humano cualquier plenitud está atravesada de un índice negativo y sólo puede juzgarse un estado límite no sólo inalcanzable, sino también y por lo mismo indeseable.
Estas evidencias y su luz absoluta no se limitan a algún campo determinado, afectan a la entera visión contemporánea del mundo. Tersos ideologemas, que esconden sin huella sus junturas, han fraguado el orden en que nos movemos, desde su cenit los derechos del hombre emiten su brillo cegador. Todo es luz en el mundo sin historia del presente final y definitivo.
Una luminosa nada que esconde una sombra interior: bienestar y consumo infinito; pero detrás un enorme vacío que trasluce bajo las sonrisas juveniles, tras el perfumado aliento y el cuerpo elástico. Una debilidad asilvestrada y bárbara con apariencia suficiente y engreída seguridad.  Son los más jóvenes quiénes más se hunden en la luz sin matices del tiempo realizado. Sucesivas generaciones que han llegado a desconocer cualquier posibilidad de un mundo, enteramente envueltos y transidos de evidencia y certidumbre, nuevas cohortes dispuestas al siguiente paso hacia nuestro abundante y perfecto abismo de luz.
Sin asumir en detalle una posición que es problemática, resulta imprescindible a día de hoy evocar y discutir a las viejas grandes figuras.

"...conviene subrayar lo que hace verdaderamente interesante la crítica joseantoniana. Denuncia, sin duda, las contradicciones internas del capitalismo, pero no ataca tanto sus mecanismos como el espíritu mismo del sistema. La esencia del capitalismo consiste en sustituir el fin primero de la economía, que es la satisfacción de las necesidades reales del hombre, por una ilimitada demanda de beneficios, la cual le arroja al círculo vicioso del "productivismo": producir más para consumir más, consumir más para producir más. Como el producto es la suprema realidad, el objetivo de la actividad humana resulta de ahí una degradación del trabajo, un servilismo del hombre a los mecanismos económicos, que no tienen al hombre como fin. Deshumanizado, desarraigado, arrancado de sus ambientes naturales de vida y pensamiento, el individuo queda sometido a un sistema económico que le niega. Y más todavía, la historia contemporánea, demuestra que el capitalismo siempre considera al hombre como una herramienta o lo define, al modo marxista, como un ser que tiene necesidades. Todo queda reducido al mundo económico como si todo descansara efectivamente ahí, como si el desarrollo de una nación consistiera sólo en el hecho económico. Todo se basa en una ideología económica que conllevaría ipso facto un desarrollo moral. Como el "progreso" es un hecho humano y cultural a la vez que individual y colectivo, no se puede tomar como único término de referencia el crecimiento económico, desligándolo del estancamiento o de la regresión social y humana.
Por el contrario, para José Antonio es conveniente renovar los valores que dan sentido a la vida y restituir a cada uno los bienes que le son indispensables para realizar su destino. Hace un llamamiento a los "valores eternos", fundamentalmente cristianos, que históricamente se han traducido de diversas formas según las épocas: el ideal nacionalsindicalista no es más que la forma de valores humanos eternos adaptada a los problemas contemporáneos"
(Arnaud Imatz)


23/9/09

Comarca

Búsquese hasta el final el sentido de esta asombrosa palabra: comarca.

"No envidié nunca la agilidad del pájaro, que vuela donde quiere, sino el destino del árbol que muere donde nace" (Ramiro de Maeztu)

22/9/09

La perspectiva hispánica.

"No se ha hecho todavía con el necesario valor y seriedad la historia de la disolución política del Imperio hispánico. Y no se ha hecho todavía, porque hasta ahora no hubo nunca la sazón para hacerla. No es que faltaran ni los materiales ni las capacidades; ha faltado, simplemente, la coyuntura cultural. La misma situación expresada en el terreno de los hechos políticos por la ruptura del Imperio, estaba expresada en el terreno intelectual por la aceptación apresurada y casi forzosa de ajenas valoraciones. La categoría política "Estado nacional" que estaba sirviendo en Europa a la integración y crecimiento de las nuevas potencias, serviría entre nosotros para dar la medida de nuestra desintegración y mengua. Aceptada, pues, como cosa obvia la dogmática del nacionalismo, que permitía interpretar la ruptura de nuestra unidad política como un hecho de evolución natural, inevitable y hasta digno de pláceme, sólo era posible una historia hecha desde la perspectiva de cada uno de los Estados que se habían erigido sobre las ruinas del Imperio para administrar los sectores de la gran comunidad hispana, ahora políticamente desligada. La España peninsular optó más bien por ignorar en desganados apéndices de su historiografía tanto el hecho penoso como los ulteriores avatares del resto de la antigua entidad imperial; mientras que en América se aplicaba la literatura política a construir con laboriosa artesanía la historia de las respectivas naciones, mediante la aplicación retrospectiva de categorías del conocimiento histórico dentro de las cuales se encajaba la realidad sólo malamente y a  costa de enormes dificultades.
Así el complejo acontecimiento ha sido presentado con unilateral simplismo, como una guerra nacional de independencia contra la invasión napoleónica; en América, como guerras nacionales de independencia contra la dominación española...
Cuando - derogada la vigencia de las valoraciones y criterios políticos propios de la ideología moderna, por efecto de la crisis actual en que ha hecho desembocar al mundo - se pueda alcanzar una comprensión penetrante de la historia de la caída del Imperio hispano, asombrará comprobar la ardiente y frenética confusión de ideas con que los hombres de entonces trataron de dominar y prestar sentido a la catástrofe que se les había venido encima. Se advertirá que todos sus esfuerzos por salir, de un modo u otro, lo menos mal posible, de entre los escombros precipitados sobre sus cabezas, se inspiraban  más en concepciones inexpresas, y hasta en sentimientos, que en una clara idea política. Ideas, había muchas; cada cual tenía las suyas, pero faltaba lo que se dice una idea política. Y esto, aun en el caso de aquellos que, poseídos de un espíritu constructivo y de un vigoroso sentimiento de responsabilidad histórica, como San Martín y Bolívar, se aplicaron al empeño - frustrado al fin - de conservar, siquiera en el continente americano, la unidad hispánica." (Francisco Ayala.)

21/9/09

D. Francisco Ayala.

Pese a un reconocimiento tardío pero efectivo de su obra literaria, sólo de modo menor ha alcanzado reconocimiento la producción ensayística y sociológica de Francisco Ayala. Casi ningún eco ha logrado el costado metafísico y filosófico de su producción. Me temo que su nombre sigue sin pronunciarse prácticamente en las facultades españolas de filosofía. Yo jamás lo oí en las mismas aulas que escucharon la voz de Ortega.
Pero Ayala es, a mi juicio, uno de los nombres grandes de la filosofía española del siglo XX y quizás el nombre grande de la sociología y la filosofía social española de la centuria pasada. Por ejemplo, su mediación en la conocida polémica que opuso a Claudio Sánchez Albornoz y Américo Castro - menos conocida que citada - logra una definición y un rigor que, a mi juicio, no alcanzan los mencionados maestros.
Acaso haya sido su presencia tardía en nuestra menguada España y el libre ejercicio de su filosofía lo que, si bien le ha dado para floripondios y discursantes, no para una acendrada y firme elaboración sobre su pensamiento. Es, también en esto, un indiscutible discípulo de Ortega. Como en el caso de Ortega encontraremos los necesarios especialistas, pero su obra no ha podido desbordar los círculos de letrados y hombres cultos. Y esto es grave, en hombres que tienen vocación y estilo popular (lo contrario de la vulgaridad) y que afrontan cuestiones inexcusables para la comprensión de la naturaleza y la historia de España, tan necesaria para su misma persistencia. Habría sido necesario que la "arenisca del público" fraguara en torno a esta obra la estructura de una sociedad. No lo ha logrado en la libre concurrencia con las voces de publicistas, libelistas y editorialistas dotados del atronador amplificador de los medios de masas. Y bien que se nota.

"Pero mientras que la Iglesia, la universidad y aún todavía las Cortes de los Príncipes eran instituciones sólidas, apoyadas en tradiciones firmes sobre una formidable trabazón de intereses, el público es pura arenisca, viento y nada; carece de consistencia, y apenas si, a costa de los mayores esfuerzos, logra mantenerlo el intelectual prendido de sus labios. Ni por un instante puede abandonar su actuación frente a él, porque en seguida se le dispersa, distraído, igual que se dispersa el grupo de oyentes adventicios tan pronto como cesa de hablar el orador de feria".

Al retortero

En orden a La siniestra necesidad del caos.

DE LA NADA, QUE AVANZA

Ese título es casi un lugar común, el desierto debiera habernos asfixiado ya. Acaso lo ha hecho. Me miro las manos, nervudas y cruzadas de v...