9/4/11

La Excelencia Torcida

De un tiempo a esta parte no se cae de la boca de cualquier político la palabra "excelencia". No les pidan jamás, sin embargo, que doten de contenido al término, esto es algo que el político no puede dar porque sería tanto como dar la cara. 
Nietzsche ha defendido que la "areté" (que he visto traducida casi tantas veces por "excelencia" como por "virtud", sin duda al objeto de evacuar el contenido moral que el idioma tradicionalmente adhiere al término "virtud"), concebida de modos diversos por diversos tipos de hombre, debía ser tomada como síntoma de la constitución de los hombres en cuestión, constitución de su "voluntad de poder". Entre persas el hombre excelente ha de saber manejar el arco y decir siempre la verdad, recordaba Nietzsche, entre griegos el hombre excelente (el "aristos") había de ser brillante en la batalla y pronunciar hermosos discursos. ¿Cómo ha de ser el hombre excelente de los políticos de nuestro tiempo?. Podríamos resumir la respuesta a la luz de la índole misma de semejantes hombres políticos. Pero no  tomaremos este atajo.
La turbia, por manida, palabra "excelencia" tiene un valor adjetivo, es decir, ha de especificarse por referencia a un sustantivo de donde toma su valor. Dicho de otro modo, la excelencia, por sí misma indeterminada, podría resultar mala si se vincula a un valor o contenido, a un fin, que fuera propiamente malo. Un excelente asesino sería peor cuanto mejor asesino, de manera que el peor asesino sería el asesino excelente. 
Sucede que, aunque no por ser lectores de Nietzsche, nuestros políticos sólo pueden habitar la atmósfera del relativismo. No respiran fuera de esa esfera pútrida: esfera infinita, claro está, sin centro y sin perímetro. Imposible bosquejar la compleja etiología histórica de semejante descomposición, que exigiría dibujar la historia de la negativa metafísica de la modernidad, de la moderna anti-metafísica. Apuntaremos en un bosquejo, apenas pespunteado, lo siguiente:  
Con el hundimiento del difícil equilibrio de fe y razón se hizo imposible la comprensión equilibrada de la condición humana. La elevación de la razón y consiguiente reducción de la fe (desde entonces "superstición") llevaría a la forma moderna del delirio racionalista, que en otras figuras ya conociera la antigüedad pagana ("loco es el que ha perdido todo, salvo la razón" dice Chesterton, que no se olvida de juzgar a Platón "el padre de todos los lunáticos"). Esa razón es el trasunto de la forma de cálculo utilitario que rige la acción del sujeto en la sociedad de mercado, pedimos disculpas por no mostrar aquí los avales de esta tesis.
Siendo así, la moral racional, que pretendiera atenerse a una fundamentación estrechamente racional de la acción, resultaría finalmente reducirse, al margen de la voluntad de sus promotores, al pretendido "axioma" de la nueva sociedad de mercado: la norma de incremento del beneficio. Bondad reducida a beneficio, bien a bienestar, vida buena a buena vida o calidad de vida.
Esta irrespirable atmósfera funcional supone la negación de toda posición metafísica (metapolítica), significado real del principio liberal de tolerancia, negación que está detrás, en suma, de la exclusión pública y limitación a la conciencia privada de las creencias religiosas o de toda cuestión fundamental (hoy hablarían de fines o valores)
 De este modo la organización política (pública) de la educación ha ido descargándose de cualquier disciplina orientada al tratamiento de semejante tipo de problemas, ha querido devenir laica, secular, desacralizada. La Crítica habría revelado finalmente el carácter no propiamente cognoscitivo  (con esto se quiere decir "científico") de semejantes disciplinas, con lo que no habría lugar para su tratamiento en instituciones de conocimiento o formación científica y/o técnica. Así resultará obviamente escandalosa la presencia de la religión, pero también la filosofía o la historia habrán de deshacerse de toda aspiración metapolítica (metafísica). Se tratará de organizar la educación - diríamos instrucción - en función de un horizonte cercano, casi inmediato, muy lejos de toda aspiración transcendente.  Pero al romper el vínculo íntimo de fe y razón no sólo la razón queda instrumentalmente degradada, sino que la fe misma se convierte en fe ciega  ("quien no cree en Dios es capaz de creer en cualquier cosa" ha escrito Chesterton) lo que no deja de resultar rentable para el floreciente mercado de la visión y el oráculo.
Nuestros hombres políticos que quieren reformar nuestro sistema educativo olvidan estos problemas, dando por sabido - al parecer - cuál sea el contenido de su sonora excelencia . A menudo ponen el énfasis en la disciplina. La hermosa palabra "disciplina" carece, sin embargo, de luz propia. Del mismo modo que la excelencia, sólo posee luz indirecta y la recibe de la humilde posición del  "discípulo", lo que supone un "maestro" . Me cuesta concebir como tales a los expertos en lengua inglesa y nuevas tecnologías, vanguardia de la instrucción ultramoderna. Para alcanzar la pericia científica o tecnológica hace falta, sin duda, mucha disciplina, acaso tanta como para alcanzar la visión del asceta (ascesis es sinónimo de disciplina). Pero el valor de esa disciplina está en función del objeto al que se orienta. Los profesores de inglés y tecnología serán buenos profesionales, no pueden ser - como tales profesores de inglés o tecnología - maestros.
Cuando los excelentes colegios de nuestro tiempo se llaman Brains  nos podemos temer que estén instruyendo castas o élites de la ya vieja sociedad industrial y de mercado, hombres eficaces capaces de incrementar el rendimiento productivo de las empresas que los contraten. No estaría la solución en crear centros llamados  Hearts que vendrían a subsanar nuestras disfunciones prácticas haciéndonos expertos en habilidades sociales o magníficos gestores emocionales.

Es imprescindible abrir el campo para una nueva metafísica que, por otra parte, no podrá construirse más que con los viejos sillares de la tradición: son el único fundamento desde el que acceder a nuestro horizonte metapolítico, es decir, a la verdadera realidad. Lo exige una razón vital que no tolera que un hombre pueda ser estrictamente irracional porque sabe que tampoco puede ser puramente racional. Han sido los más conscientes de la desesperación moderna los que han señalado siempre en dirección al problema. Su fracaso nos atemoriza cuando intentamos emprender la mencionada construcción, pero gracias a ellos sabemos que no hay otra vía. E. Cioran ha escrito:

Comparado con Aristóteles, un santo es una analfabeto. ¿Por qué, entonces, nos parece que podríamos aprender más de este último? 1

1. Tomo la cita del blog de E. García-Máiquez.

2 comentarios:

Alfonso dijo...

Es uno de los mejores textos que, en mi opinión, has escrito. De estilo elegante y preciso, además de argumentativamente sin fisuras. Sólo queda ampliar lo que por fuerza presentas aplazado.
Un saludo.

A Día De Hoy dijo...

Muchas Gracias. También para esto está la familia.