29/4/11

De finibus

De respetar hasta el fin la lógica que, desatada por la Gran Revolución y prologada por Sieyès, conduce a la exaltación de las clases útiles a la sociedad, debiéramos someternos pacientemente a las exigencias de la producción. Renunciando a la miserable demanda que todavía pudiera justificar nuestra presencia en el mercado y, habida cuenta de la reducción económica del mundo, debiéramos hacernos a un lado y esperar, o simplemente contar los días sin otro horizonte que añadir otro ocaso al sol que amaneció la última mañana.
La paciente labor de erudición y determinación que define el ejercicio de la filosofía no puede ser útil aunque indirectamente sea eficaz para la optimización, dinamización o animación de grupos, para la gestión de emociones y el desarrollo de estrategias de fidelización de consumidores... Del mismo modo, la erudición y construcción filosófica puede rendir resultados notables también en la configuración de una conciencia civil en la población o en la expansión del perfume solidario a través de las modernas agencias de integración, entre las que ocupa un lugar fundamental el Estado mismo. Pero la verdadera labor de demolición  (entrepeneur de démolitions, rezaba la tarjeta de presentación de L. Bloy ) y reconstrucción real e integral del mundo es una labor inútil en el orden homogéneo del final de la historia, donde cualquier crisis se pseudo-resuelve sobre fundamentos que se consideran inamovibles y definitivos.
Un estrecho concepto económico de utilidad, asumido por los obreros que se quisieron verdadera encarnación del mismo, auténtica clase útil,  define nuestra obsolescencia. La afirmación del Magister Laetus según la cual es libre el hombre que hace mayor cantidad de cosas inútiles, produce hoy una sonrisa sardónica, triste y dolorosa. El pleno triunfo de ese utilitarismo u obrerismo, naturalista y rigurosamente económico, nos reduce al ridículo a medida que se impone sin consentir resistencia. Nuestra contumaz persistencia debiera juzgarse delictiva. Es - en cualquier caso - antisocial e improductiva. 
La enseñanza sujeta a evaluación por agencias de calidad y convertida en proceso didáctico técnicamente programado no puede reconocer otra importancia que la fijada por el mercado laboral, en función, a su vez, del tejido productivo. Importancia económica, en suma, determinada cuantitativamente en términos de magnitudes del relator universal de equivalencia: el dinero. En este caso la importancia se reduce al precio del trabajo, al salario, que de nuestra formación esperamos. Y poco o nada puede esperarse al respecto si te educas en disciplinas clásicas, impropias del mundo moderno.
Podríamos guardar la esperanza de que esta exigencia de renuncia y negación, a que nos fuerza el presente, resultara valiosa, y ya no propiamente útil, llegado el momento de dar cuenta de ese infierno, visible ya hoy, en que consistirá la pretendida realización (progresiva) del reino de Dios en la historia. Acaso a medida que el proceso avanza esté recobrando importancia toda filosofía capaz de volver a situarnos en el escenario del mundo.
Pero no puede tener importancia lo que es universalmente despreciado... Sólo podemos esperar sacrificios.

24/4/11

Filosofía - Sociología.

La sociología es una disciplina republicana por su perspectiva y sus posiciones fundamentales. Es una disciplina civil o burguesa  en su institucionalización, al menos en Francia, aunque también en Alemania de un modo menos exacto. Puede leerse la magnífica introducción de Ramón Ramos a los escritos de Émile Durkheim sobre El Socialismo
La sociología es programática y constitutivamente anti-metafísica y, por lo mismo, es republicana, es decir, contraria a toda monarquía de algún modo fundada en términos metapolíticos, tiende asimismo al socialismo secular y es contraria a todo comunitarismo fundado necesariamente en términos metapolíticos. Puede ser presidencialista pero jamás teológica o tradicionalista. Quiere ser naturalmente científica. Esta posición doctrinal se juega históricamente en terrenos sociales e institucionales muy determinados, en los que la filosofía ha ido perdiendo sistemáticamente la batalla. 
En España los estudios de filosofía fueron introducidos en la educación secundaria por el régimen posterior a la guerra civil. Las facultades de filosofía pasaron entonces a la vanguardia ideológica de la estructura universitaria y, a través de su presencia en la segunda enseñanza, su alcance se extendió sobre el conjunto de la población letrada del país. En España - como todo el mundo sabe - esos ominosos cuarenta años han retrasado nuestra incorporación a la plena modernidad europea. [Uno se pregunta qué sería de España desde el siglo XVI. Si se está informado, se conocerá la amplia "literatura histórica" que nos proporciona una legendaria y negra explicación al respecto] La guerra civil habría abortado - además - los pasos hacia la plena modernidad que se habían dado en las primeras décadas del siglo y, especialmente, durante nuestra segunda república. Abortado el camino al nuevo horizonte la sociología sólo lograría su institucionalización en España de modo extraordinariamente tardío, y es contemporánea de la elogiada transición democrática española que se abre paso desde finales de los años setenta. Es patético contemplar a los filósofos de nuestros días buscando su espacio en los planes de estudio, enfatizando el perfil profesional - la utilidad social, es decir, económica del licenciado en filosofía - merced a sus virtudes relativas a las técnicas sociales o de management. Sólo la construcción de una metafísica capaz de hacer frente a la antimetafísica moderna podría hacer valer realmente una filosofía que se pretenda tal y no mera denominación vergonzante de un sucedáneo de las ciencias sociales. De hecho su continuidad en la enseñanza media se explica por su conversión en una forma de confusa divulgación de las ciencias sociales, ante las que ha ido perdiendo terreno. La psicología y psicopedagogía ha tomado las labores de orientación doctrinal, la economía y la sociología ocupan ya, con denominación propia, posiciones en el bachillerato. Este proceso que está teniendo lugar todavía entre nosotros, es ya viejo en países avanzados de nuestro entorno.
".... todas las secciones en La Sorbona tienen directores, y resulta interesante observar qué secciones son las que los tienen y cuáles las que no. Los directores valen lo que valen, pero al menos lo son y ellos son lo que son. Podemos estimarles, podemos desestimarles. Pero ya es notable que haya directores, y una de las mayores miserias es que haya secciones que no los tengan. Valen lo que valen, pero en esta enumeración se puede decir que M. Lanson, tal como es, es el patrón del francés, que M. Lavisse, tal como es, lo es de la historia; que M. Brunot es del alemán, y ya asoma la cabeza un pequeñuelo que será el patrón del inglés. Por el contrario, hay otras disciplinas que no tienen jefe. Y la reina de todas esas disciplinas no tiene patrón en la Sorbona. No deja de ser un hecho digno de ser tenido muy en cuenta que la filosofía no esté representada en la asamblea de los dioses, que la filosofía no tenga patrón en la Sorbona. Porque es evidente que M. Durkheim no es en absoluto patrón de la filosofía, sino un patrón contra la filosofía. Nada pone de relieve con más perfección, nada expresa mejor esta aversión y no sólo esta indigencia, este terror que la Sorbona tiene actualmente ante todo aquello que es pensamiento. Y cierro aquí mi paréntesis". (Charles Péguy)
 

Pueblo y Comunidad. A propósito de Charles Péguy.

Charles Péguy ha descrito como pocos la dimensión radical de la gran transformación, de la substancial metamorfosis que significa la modernidad y conoce como pocos la naturaleza de su agente esencial: la ciudadanía, léase, la burguesía. 

"Fuimos educados en un mundo radicalmente distinto. Se puede decir que el niño educado en una ciudad como Orleáns entre 1873 y 1880 estaba en contacto físico, literalmente, con la antigua Francia, con el antiguo pueblo, con el pueblo sin más. Y hasta se puede decir que esta su participación fue plena, porque la antigua Francia estaba todavía entera e intacta. La ruina se ha producido, si así puedo decirlo, sin solución de continuidad y en pocos años [...].
Puede creerse que fuimos educados en un pueblo alegre. En aquellos tiempos, un lugar de trabajo era un rincón de la tierra en el que los hombres eran felices. [...]."

Péguy conoce la metafísica que sostiene el orden comunitario que habita el pueblo, una metafísica que trascendió durante décadas la oposición entre la metafísica de la ciencia de sus maestros laicos y la metafísica teológica de la iglesia. Acusa una contradicción alarmante: mientras la metafísica de la ciencia es ineficaz pudo mantener, sin embargo, la confianza en sus maestros laicos. La metafísica teológica ha manifestado su potencia pero sus depositarios se pierden: "...aquellos que poseen la confesión no tienen ciertamente la confianza, aquellos que creen no confían en los depositarios de su fe". La razón está en la procedencia de esos maestros laicos que, más allá de su doctrina, son parte del pueblo: "un hombre pertenece a su extracción, un hombre es lo que es. No es aquello que hace por los otros, lo serán quizá sus sucesores. Pero él no. El padre no es de él mismo, es de su origen, de su extracción; sus hijos son suyos".
Exacta es, finalmente, su rápida determinación de esta vieja metafísica del pueblo, una ontología de la comunidad o de la persona. Es fácil entender por qué no se lee a Ch. Péguy hoy, entre nosotros.

22/4/11

Tradicional espíritu de analogía - Moderno espíritu de geometría.

Unas palabras de las Reflexiones sobre la revolución francesa de E. Burke. Pórtico para un tratamiento de las relaciones entre naturaleza (orgánica) y analogía como forma del pensamiento tradicional, de las operaciones reales del pensamiento como tal, en cuanto pueda oponerse a la estructura de las ciencias ("Donde empieza el cálculo cesa el entender" A. Schopenhauer).

"Nuestro sistema político está colocado en justa correspondencia y simetría con el orden del mundo y con el modo de existencia propio de los cuerpos que permanecen, aunque sus partes cambien. Por disposición de la grande sabiduría que preside el gran misterio de la cohesión de la raza humana, el conjunto, en un momento dado, ni es viejo ni joven, ni está entre dos edades, pero se perpetúa constantemente inmutable en medio de las decadencias, de las caídas, de los renacimientos y de los progresos.
Así, empleando el método de la Naturaleza en la acción del Estado, lo que nosotros mejoramos no es jamás completamente nuevo, y lo que conservamos no es nunca completamente viejo. Quedando así vinculados con estos principios a nuestros mayores, no por la superstición de la antigüedad, sino por el espíritu de la analogía filosófica" (E. Burke)

9/4/11

La Excelencia Torcida

De un tiempo a esta parte no se cae de la boca de cualquier político la palabra "excelencia". No les pidan jamás, sin embargo, que doten de contenido al término, esto es algo que el político no puede dar porque sería tanto como dar la cara. 
Nietzsche ha defendido que la "areté" (que he visto traducida casi tantas veces por "excelencia" como por "virtud", sin duda al objeto de evacuar el contenido moral que el idioma tradicionalmente adhiere al término "virtud"), concebida de modos diversos por diversos tipos de hombre, debía ser tomada como síntoma de la constitución de los hombres en cuestión, constitución de su "voluntad de poder". Entre persas el hombre excelente ha de saber manejar el arco y decir siempre la verdad, recordaba Nietzsche, entre griegos el hombre excelente (el "aristos") había de ser brillante en la batalla y pronunciar hermosos discursos. ¿Cómo ha de ser el hombre excelente de los políticos de nuestro tiempo?. Podríamos resumir la respuesta a la luz de la índole misma de semejantes hombres políticos. Pero no  tomaremos este atajo.
La turbia, por manida, palabra "excelencia" tiene un valor adjetivo, es decir, ha de especificarse por referencia a un sustantivo de donde toma su valor. Dicho de otro modo, la excelencia, por sí misma indeterminada, podría resultar mala si se vincula a un valor o contenido, a un fin, que fuera propiamente malo. Un excelente asesino sería peor cuanto mejor asesino, de manera que el peor asesino sería el asesino excelente. 
Sucede que, aunque no por ser lectores de Nietzsche, nuestros políticos sólo pueden habitar la atmósfera del relativismo. No respiran fuera de esa esfera pútrida: esfera infinita, claro está, sin centro y sin perímetro. Imposible bosquejar la compleja etiología histórica de semejante descomposición, que exigiría dibujar la historia de la negativa metafísica de la modernidad, de la moderna anti-metafísica. Apuntaremos en un bosquejo, apenas pespunteado, lo siguiente:  
Con el hundimiento del difícil equilibrio de fe y razón se hizo imposible la comprensión equilibrada de la condición humana. La elevación de la razón y consiguiente reducción de la fe (desde entonces "superstición") llevaría a la forma moderna del delirio racionalista, que en otras figuras ya conociera la antigüedad pagana ("loco es el que ha perdido todo, salvo la razón" dice Chesterton, que no se olvida de juzgar a Platón "el padre de todos los lunáticos"). Esa razón es el trasunto de la forma de cálculo utilitario que rige la acción del sujeto en la sociedad de mercado, pedimos disculpas por no mostrar aquí los avales de esta tesis.
Siendo así, la moral racional, que pretendiera atenerse a una fundamentación estrechamente racional de la acción, resultaría finalmente reducirse, al margen de la voluntad de sus promotores, al pretendido "axioma" de la nueva sociedad de mercado: la norma de incremento del beneficio. Bondad reducida a beneficio, bien a bienestar, vida buena a buena vida o calidad de vida.
Esta irrespirable atmósfera funcional supone la negación de toda posición metafísica (metapolítica), significado real del principio liberal de tolerancia, negación que está detrás, en suma, de la exclusión pública y limitación a la conciencia privada de las creencias religiosas o de toda cuestión fundamental (hoy hablarían de fines o valores)
 De este modo la organización política (pública) de la educación ha ido descargándose de cualquier disciplina orientada al tratamiento de semejante tipo de problemas, ha querido devenir laica, secular, desacralizada. La Crítica habría revelado finalmente el carácter no propiamente cognoscitivo  (con esto se quiere decir "científico") de semejantes disciplinas, con lo que no habría lugar para su tratamiento en instituciones de conocimiento o formación científica y/o técnica. Así resultará obviamente escandalosa la presencia de la religión, pero también la filosofía o la historia habrán de deshacerse de toda aspiración metapolítica (metafísica). Se tratará de organizar la educación - diríamos instrucción - en función de un horizonte cercano, casi inmediato, muy lejos de toda aspiración transcendente.  Pero al romper el vínculo íntimo de fe y razón no sólo la razón queda instrumentalmente degradada, sino que la fe misma se convierte en fe ciega  ("quien no cree en Dios es capaz de creer en cualquier cosa" ha escrito Chesterton) lo que no deja de resultar rentable para el floreciente mercado de la visión y el oráculo.
Nuestros hombres políticos que quieren reformar nuestro sistema educativo olvidan estos problemas, dando por sabido - al parecer - cuál sea el contenido de su sonora excelencia . A menudo ponen el énfasis en la disciplina. La hermosa palabra "disciplina" carece, sin embargo, de luz propia. Del mismo modo que la excelencia, sólo posee luz indirecta y la recibe de la humilde posición del  "discípulo", lo que supone un "maestro" . Me cuesta concebir como tales a los expertos en lengua inglesa y nuevas tecnologías, vanguardia de la instrucción ultramoderna. Para alcanzar la pericia científica o tecnológica hace falta, sin duda, mucha disciplina, acaso tanta como para alcanzar la visión del asceta (ascesis es sinónimo de disciplina). Pero el valor de esa disciplina está en función del objeto al que se orienta. Los profesores de inglés y tecnología serán buenos profesionales, no pueden ser - como tales profesores de inglés o tecnología - maestros.
Cuando los excelentes colegios de nuestro tiempo se llaman Brains  nos podemos temer que estén instruyendo castas o élites de la ya vieja sociedad industrial y de mercado, hombres eficaces capaces de incrementar el rendimiento productivo de las empresas que los contraten. No estaría la solución en crear centros llamados  Hearts que vendrían a subsanar nuestras disfunciones prácticas haciéndonos expertos en habilidades sociales o magníficos gestores emocionales.

Es imprescindible abrir el campo para una nueva metafísica que, por otra parte, no podrá construirse más que con los viejos sillares de la tradición: son el único fundamento desde el que acceder a nuestro horizonte metapolítico, es decir, a la verdadera realidad. Lo exige una razón vital que no tolera que un hombre pueda ser estrictamente irracional porque sabe que tampoco puede ser puramente racional. Han sido los más conscientes de la desesperación moderna los que han señalado siempre en dirección al problema. Su fracaso nos atemoriza cuando intentamos emprender la mencionada construcción, pero gracias a ellos sabemos que no hay otra vía. E. Cioran ha escrito:

Comparado con Aristóteles, un santo es una analfabeto. ¿Por qué, entonces, nos parece que podríamos aprender más de este último? 1

1. Tomo la cita del blog de E. García-Máiquez.

25/3/11

Pedagogía Civil o Política.


Desde hace más de un siglo la sustitución invasiva de las funciones de la familia por la atención profesional  o política (pública o privada) pone a los técnicos (en buena parte funcionarios del estado) en situaciones jurídicas todavía liminares y problemáticas. Estas han debido existir siempre como condición extraordinaria y como excepción, la novedad radica en su ubicuidad actual y en su incremento cuantitativo y cualitativo. La sustitución de la matriz familiar por instituciones dependientes del Estado alcanza ,cada vez, más dimensiones de la vida del sujeto y se extiende masivamente entre la población.
La cuestión radica en la posibilidad real de semejante sustitución. Desde luego la sustitución modifica la naturaleza del vínculo y los efectos constructivos – diríamos “edificantes” – de la tradición, de suerte que el nuevo sujeto, resultante de la construcción técnica/política, poseerá una naturaleza diversa de la del hombre de la tradición a la que, sin embargo, todavía no puede dejar de apelar. En efecto, el “sentido común” sigue cerrando las fisuras y microfisuras que la técnica administrativa y el derecho no alcanzan y, ésta es la cuestión, quizá no pueden de suyo alcanzar. Es preciso contar con el “sobre-entendido”, es decir, con supuestos compartidos que forman la substancia de un sentido común heredado aún, pero ya gravemente tomado por la crítica –:
“Es decir, durante la estancia en el centro docente desaparece la natural responsabilidad de los padres, que no pueden ejercer misión alguna de control y vigilancia del/de la menor, pasando tal deber tuitivo de vigilancia al personal del centro, que deberá desempeñarlo empleando toda la diligencia exigible.
Encontrándonos, por tanto, ante una labor sustitutoria de las obligaciones que corresponden a los padres o tutores del/de la menor, la conclusión es clara: la forma de llevar a cabo esa función de vigilancia o control por parte de los/las profesores/as, de los actos y de las necesidades del alumno/a, debe ser análoga a la que en la tradición civil de ha venido definiendo como la de un “buen padre de familia”.
A ello hay que añadir, para casos graves,  lo prescrito por el artículo 195 del Código Penal, que pena la omisión del deber de socorro cuando éste pudiera hacerse sin riesgo propio ni de terceros.”  (Preguntas y respuestas del profesorado de la enseñanza pública no universitaria. Carmen Perona Mata. Capítulo X. Responsabilidad Jurídica. Wolters Kluwer España. CC.OO. Enseñanza. Madrid. 2010. Pág. 56)
Fácilmente se preguntará ya hoy: ¿qué puede significar “tradición civil”?, ¿qué ha de entenderse por semejante “buen padre de familia”?

18/3/11

Indignación - Hastío: S. Hessel

La izquierda - suelo decir - tiene como motor de su acción la actitud moral de indignación. A esto mismo alude la referencia a su sobre-legitimación que se fundaría en una apelación constante a la justicia social, a los derechos de la mayoría desamparada etc. Sorprende, sin embargo, encontrar hoy a un representante de esa izquierda indignada, de suyo revolucionaria y extraña a la socialdemocracia. La misma socialdemocracia que, junto al liberalismo, han construido el Estado de Bienestar de la postguerra mundial; sobre cuyas ruinas vivimos hoy, o venimos viviendo desde los primeros ochenta. De hecho, no se encuentra ya entre nosotros representantes de este campo de la indignación cuyo fuste moral no toleraría con-cesiones. Por lo demás, creo que esta posición, siempre arriesgada, hoy es peligrosa porque la actitud moral de las sociedades de "consumo individual, lúdico-libidinal y de masas" desconoce la indignación, aunque la confunde con el hastío que sólo se canaliza como nihilismo terrorista (Nechaev etc.)
Todo esto para desvelar el espejismo que está provocando un reciente libro de Stephane Hessel Indignez-vous!. No se trata de su edad, que sobrepasa los noventa años, de suerte que podría pensarse que su figura misma resulta ya anacrónica, asumiendo la aceleración del tiempo histórico que el mercado pletórico induce. Es que no se puede exigir indignación, en tono imperativo (¡Indignáos!), como si semejante demanda pudiera tener algún efecto. Resultaría idealista pretender que, mostradas las razones que sustentan la indignación del autor, ésta se extendería entre sus lectores. Más adecuado sería preguntar por qué o no vemos las, al parecer, abundantes razones para la indignación o por qué no producen el efecto esperado, haciendo necesaria la exhortación.
Pero Hessel  se presenta como agente del Estado de Bienestar, viejo resistente, redactor de la Declaración Universal de Derechos del Hombre, crítico del stalinismo etc. Durante largos años, tras la guerra mundial, su indignación estuvo neutralizada por un entusiasmo alucinado ante las glorias del Estado de Bienestar.  La indignación le había llevado a la resistencia francesa y a la promoción del Estado Social de Bienestar, pero debió remitir con el éxito mismo de esta construcción. Ahora bien, el hundimiento de esta obra ha despertado en él su vieja indignación. La cuestión es que la situación moral de las sociedades europeas - y muy en especial la española - es de hastío, de casi perfecta des-moralización. Una actitud de moralidad cero (hastío), frente a la que la indignación resulta un estado positivo e intenso. Si extendemos nuestra perspectiva más allá de la guerra mundial y el mundo moderno, podríamos encontrar las razones del hastío en un largo proceso que, culminante en esa obra absurda que ha sido la Declaración Universal de Derechos del Hombre, pseudo-respuesta a la catástrofe mundial sellada por el signo atómico, se ha continuado con el Estado Social de Bienestar. El asco que nos impide indignarnos tiene largas raíces históricas, de las que la obra de Hessel  es un último tramo.
Pero nos esforzamos por superar el nihilismo moderno que nuestro presente prorroga, todavía en condiciones de encomiable bienestar social. Aquí sólo hay un modo de encontrar el rumbo, pese a que, en realidad, caminamos hacia un centro al que conducen todos los caminos. Entretanto, frente al propio Hessel, nos declaramos auténticos resistentes, y resistentes de la inclusión, porque también este anciano - hacia el final del texto - vislumbra la vía.


Nota añadida el 16 de mayo de 2011. Puede verse como converge forma y fondo de la pseudo-diatriba de Hessel con la astucia de los amos. Además la noticia que enlazo aquí demuestra que nuestros políticos leen, y que leen en exceso. (Blanco no repara en que los "indignados" son muy pocos, si acierta Hessel en su diagnóstico de suerte que el voto que de ellos reclama será poco abundante. Es a los hastiados a los que habría que levantar, pero este socialismo no puede desvestirse de su moralismo abstracto que llaman "sobre-legitimador", no ve que su vestido es ya un triste disfraz).

"(Indignez-vous)
Stéphane Hessel

93 años. Es la última etapa. El fin no está lejos. Qué suerte poder aprovecharla para recordar lo que ha servido de base a mi compromiso
político: los años de resistencia y el programa elaborado hace 70 años por el Consejo Nacional de la Resistencia... Desde Londres, donde me reuní con el general De Gaulle, en marzo de 1941, me llegó la noticia de que el Consejo había puesto en marcha un programa (adoptado el 15 de marzo de 1944) que proponía para la Francia liberada un conjunto de principios y valores sobre los que se asentaría la democracia moderna de nuestro país.
Estos principios y valores los necesitamos hoy más que nunca. Es nuestra obligación velar todos juntos para que nuestra sociedad siga siendo una sociedad de la que podamos sentirnos orgullosos, y no esta sociedad de indocumentados, de expulsiones, de sospechas con respecto a la inmigración; no esta sociedad en la que se ponen en cuestión las pensiones, los logros de la Seguridad Social; no esta sociedad donde los medios de comunicación están en manos de los poderosos.
A partir de 1945, después de un drama atroz, las fuerzas internas del Consejo de la Resistencia se entregan a una ambiciosa resurrección. Se crea la Seguridad Social como la Resistencia deseaba, tal y como su programa lo estipulaba: “un plan completo de Seguridad social que aspire a asegurar los medios de subsistencia de todos los ciudadanos cuando estos sean incapaces de procurárselos mediante el trabajo”; “una pensión que permita a los trabajadores viejos terminar dignamente su vida”. Las fuentes de energía, electricidad y gas, las minas de carbón y los bancos son nacionalizados. El programa recomendaba “que la nación recuperara los grandes medios de producción, fruto del trabajo común, las fuentes de energía, los yacimientos, las compañías de seguros y los grandes bancos”; “la instauración de una verdadera democracia económica y social, que expulse a los grandes feudalismos económicos y financieros de la dirección de la economía”. El interés general debe primar sobre el interés particular, el justo reparto de la riqueza creada por el trabajo debe primar sobre el poder del dinero. La Resistencia propone “una organización racional de la economía que garantice la subordinación de los intereses particulares al interés general y que se deshaga de la dictadura profesional instaurada según el modelo de los Estados fascistas”, y el gobierno provisional de la República toma el relevo.
Una verdadera democracia necesita una prensa independiente; la Resistencia lo sabe, lo exige, defiende “la libertad de prensa, su honor y su independencia del estado, de los poderes del dinero y de las influencias extranjeras”. Esto es lo que, desde 1944, aún indican las ordenanzas en relación a la prensa. Ahora bien, esto es lo que está en peligro hoy en día.
Se tiene la osadía de decirnos que el Estado ya no puede asegurar los costes de estas medidas sociales. Pero cómo puede faltar hoy dinero para mantener y prolongar estas conquistas, cuando la producción de la riqueza ha aumentado considerablemente desde la Liberación, periodo en el que Europa estaba en la ruina, si no es porque el poder del dinero, combatido con fuerza por la Resistencia, no ha sido nunca tan grande, tan insolente y tan egoísta con sus propios servidores, incluso en las más altas esferas del Estado. Los bancos, una vez privatizados, se preocupan mucho por sus dividendos y por los altos salarios de sus dirigentes, no por el interés general. La brecha entre los más pobres y los más ricos no ha sido nunca tan grande, ni la búsqueda del dinero tan apasionada.
El motivo principal de la Resistencia era la indignación. Nosotros, veteranos de los movimientos de resistencia y de las fuerzas combatientes de la Francia libre, llamamos a las jóvenes generaciones a vivir y transmitir la herencia de la Resistencia y de sus ideales.
Nosotros les decimos: tomad el relevo, ¡indignaos! Los responsables políticos, económicos e intelectuales, y el conjunto de la sociedad no deben dimitir ni dejarse impresionar por la actual dictadura de los mercados financieros que amenaza la paz y la democracia.
Os deseo a todos, a cada uno de vosotros, que tengáis vuestro motivo de indignación. Es algo precioso. Cuando algo nos indigna, como a mí me indignó el nazismo, nos volvemos militantes, fuertes y comprometidos.
Volvemos a encontrarnos con esta corriente de la historia, y la gran corriente de la historia debe perseguirse por cada uno. Y esta corriente nos conduce a más justicia y libertad; pero no a la libertad incontrolada de la zorra en el gallinero. Estos derechos, recogidos en
1948 en un programa de la Declaración universal, son universales. Si conocéis a alguien que no los disfruta, compadecedlo, ayudadle a conseguirlos.
Desde luego, la experiencia de alguien viejo, como yo, nacido en 1917, es diferente de la experiencia de los jóvenes de hoy. A menudo solicito a los profesores de colegios la oportunidad de dirigirme a sus alumnos, y les digo: “vosotros no tenéis las mismas razones evidentes para comprometeros. Para nosotros, resistir era no aceptar la ocupación alemana, la derrota. Era algo relativamente simple; simple como lo que vino a continuación: la descolonización. Siguió la guerra de Argelia: era necesario que Argelia se independizara, era algo evidente. En cuanto a Stalin, todos aplaudimos la victoria del ejército rojo contra los nazis, en 1943. Pero cuando nos enteramos de las grandes purgas estalinistas de 1935, aunque era necesario estar al corriente de lo que hacía el comunismo para contrarrestar el capitalismo americano, la necesidad de oponerse a esta forma insoportable de totalitarismo se impuso como una evidencia.
Es verdad que las razones para indignarse pueden parecer hoy menos claras o el mundo demasiado complejo. ¿Quién manda, quién decide? No siempre es fácil distinguir entre todas las corrientes que nos gobiernan. Ya no tenemos que vérnoslas con una pequeña élite, cuyo modo de actuar conocemos con claridad. Este es un vasto mundo de cuya interdependencia nos percatamos claramente. Vivimos con una interconectividad como jamás ha existido. Pero en este mundo hay cosas insoportables. Para verlas, hace falta observar con atención, buscar.
Les digo a los jóvenes: buscad un poco, encontraréis. La peor de las actitudes es la indiferencia, el decir “yo no puedo hacer nada, yo me las apaño”. Al comportaros así, perdéis uno de los componentes esenciales que hacen al ser humano. Uno de sus componentes
indispensables: la capacidad de indignarse y el compromiso que nace de ella.
Es posible identificar desde ahora dos grandes desafíos nuevos:
1. La gran diferencia que existe entre los muy pobres y los muy ricos, la cual no deja de crecer. Se trata de una innovación de los siglos XX y XXI. Los muy pobres del mundo de hoy ganan apenas dos dólares al día. No se puede dejar que esta diferencia se haga más profunda todavía. La constatación de este hecho debería suscitar por sí misma un compromiso.
2. Los derechos del hombre y el estado del planeta. Después de la Liberación tuve la suerte de participar en la redacción de la Declaración universal de los derechos del hombre adoptada por la Organización de Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948, en el palacio de Chaillot, en París. Como jefe de gabinete de Henri Laugier, secretario general adjunto de la ONU y secretario de la Comisión de los Derechos del hombre participé, entre otros, en la redacción de esta declaración. No puedo olvidar el papel que tuvo en su elaboración René Cassin, comisario nacional de justicia y educación del gobierno de la Francia libre, en Londres, en 1941, el cual fue premio Nobel de la paz en 1968, ni el de Pierre Mendès France dentro del Consejo económico y social, al que enviábamos los textos que elaborábamos antes de que fueran examinados por la Tercera Comisión de la Asamblea General, encargada de los aspectos sociales, humanitarios y culturales. La Comisión contaba con los 54 estados que eran miembros, en aquel momento, de las Naciones Unidas, y yo me encargaba de su secretaría. A René Cassin debemos el término de derechos “universales”, y no “internacionales” como proponían nuestros amigos anglosajones. Puesto que en esto está lo que se juega al terminar la segunda guerra mundial: la emancipación de las amenazas que el totalitarismo hizo pesar sobre la humanidad. Para emanciparse, es necesario conseguir que los estados miembros de la ONU se comprometan a respetar estos derechos universales. Es una manera de desmontar el argumento de plena soberanía que un estado puede hacer valer mientras comete crímenes contra la humanidad dentro de su territorio. Este fue el caso de Hitler, que se consideraba dueño y señor en su tierra y autorizado a provocar un genocidio. Esta declaración universal debe mucho a la revulsión universal contra el nazismo, el fascismo, el totalitarismo, y, también, a nosotros, al espíritu de la Resistencia.
Sentía que había que actuar rápidamente, no ser víctima de la hipocresía que había en la adhesión proclamada por los vencedores a estos valores que no todos tenían la intención de promover limpiamente, pero que nosotros intentábamos imponerles.
¿Le sirve de algo a Hamas enviar cohetes sobre la ciudad de Sderot? La respuesta es no. No sirve a su causa, pero se puede explicar debido a la exasperación del pueblo de Gaza. En la noción de exasperación, hay que entender la violencia como una lamentable conclusión de situaciones inaceptables para aquellos que las sufren. Se puede decir que el terrorismo es una especie de exasperación. Y que esta exasperación es un término negativo. Uno no se debe exasperar, uno debe esperar. La exasperación es la negación de la esperanza. Es comprensible, diría que hasta es natural; sin embargo, no es aceptable porque no permite obtener los resultados que puede eventualmente producir la esperanza.
Estoy convencido de que el futuro pertenece a la no-violencia, a la conciliación de las diferentes culturas. Por esta vía, la humanidad deberá franquear su próxima etapa. Decirse “la violencia no es eficaz”
es más importante que saber si se debe condenar o no a aquellos que la utilizan. El terrorismo no es eficaz. En la noción de eficacia, es necesaria una esperanza no-violenta.
Hay que entender que la violencia vuelve la espalda a la esperanza.
Hay que preferir la esperanza, la esperanza de la no-violencia. Es el camino que debemos aprender a seguir. Tanto por parte de los opresores como por parte de los oprimidos, hay que llegar a una negociación para acabar con la opresión; esto es lo permitirá acabar con la violencia terrorista. Es por eso que no se debe permitir que se acumule mucho odio.
El mensaje de alguien como Mandela, como Martin Luther King, encuentra toda su pertinencia en un mundo que ha sobrepasado la confrontación de las ideologías y el totalitarismo. Es un mensaje de esperanza en la capacidad que tienen las sociedades modernas para sobrepasar los conflictos por medio de una comprensión mutua y de una paciencia vigilante. Para llegar a ello, es necesario basarse en los derechos, cuya violación, sea quien sea el autor, debe provocar nuestra indignación. No debemos consentir la transgresión de estos derechos.
El pensamiento productivista, sostenido por Occidente, ha metido al mundo en una crisis de la que hay que salir rompiendo radicalmente con la huida hacia adelante del “siempre más”, tanto en el dominio financiero como en el dominio de las ciencias y de la técnica. Ya es hora de que la preocupación por la ética, la justicia y la estabilidad duradera sea lo que prevalezca. Pues nos amenazan los riesgos más graves; riesgos que pueden poner fin a la aventura humana sobre un planeta que puede volverse inhabitable.
Pero es verdad que se han hecho importantes progresos desde1948: la descolonización, el fin del apartheid, la destrucción del imperio soviético, la caída del Muro de Berlín. Por el contrario, los diez primeros años del siglo XXI han supuesto un periodo de retroceso. Este retroceso, yo lo achaco, en parte, a la presidencia americana de George Bush, al 11 de septiembre y a las consecuencias desastrosas que de él han sacado los Estados Unidos, como la intervención militar en Irak. Hemos tenido esta crisis económica, pero tampoco hemos comenzado una nueva política de desarrollo. La cumbre de Copenhague contra el calentamiento climático no ha permitido establecer una verdadera política para la preservación del planeta. Estamos en un umbral, entre los horrores de la primera década y las posibilidades de las décadas siguientes. Pero hay que esperar, siempre hay que esperar. La década anterior, la de los años 1990, fue una fuente de grandes progresos.
Las Naciones Unidas convocaron conferencias como las de Río sobre el medio ambiente, en 1992; la de Pekín sobre las mujeres, en 1995; en septiembre de 2000, a iniciativa del secretario general de Naciones Unidas, Kofi Annan, los 191 países miembros adoptaron la declaración sobre los “Ocho objetivos del milenio para el desarrollo”, por la cual se comprometen a reducir a la mitad la pobreza en el mundo de aquí a 2015. Mi gran pesar, es que ni Obama ni la Unión Europea hayan manifestado aún lo que debería ser su aportación para una fase constructiva que se apoye en los valores fundamentales.
¿Cómo terminar esta llamada a indignarse? Recordando que, con ocasión del sexagésimo aniversario del Programa del Consejo nacional de la Resistencia, dijimos, el 8 de marzo de 2004, nosotros, los veteranos de los movimientos de Resistencia y de las fuerzas combativas de la Francia libre (1940-1945), que, desde luego, “el nazismo ha sido vencido gracias al sacrificio de nuestros hermanos y hermanas de la Resistencia y de las Naciones Unidas contra la barbarie fascista. Pero esta amenaza no ha desaparecido por completo, y nuestra cólera contra la injusticia permanece intacta”.
No, esta amenaza no ha desaparecido por completo. Por eso, hagamos siempre un llamamiento a “una verdadera insurrección pacífica contra los medios de comunicación de masas que no proponen como horizonte para nuestra juventud más que el consumismo de masas, el desprecio de los más débiles y de la cultura, la amnesia generalizada y la competición a ultranza de todos contra todos”.
A los hombres y mujeres que harán el siglo XXI, les decimos con nuestra afección: Crear es Resistir, Resistir es Crear."

DE LA NADA, QUE AVANZA

Ese título es casi un lugar común, el desierto debiera habernos asfixiado ya. Acaso lo ha hecho. Me miro las manos, nervudas y cruzadas de v...