28/3/08

Abyssus

D. Francisco Ayala, que no parece reo de conservadurismo o de reacción y, por tanto, puede ser tomado en consideración por cualquier bienpensante, sin embargo establecía en 1983 un diagnóstico análogo al que podría haber afirmado un antimoderno. Su mirada de 1983 contempla el mismo paisaje que viera 38 años antes, de suerte que al añadir un nuevo prólogo a su Tratado de sociología de 1945 se niega a modificar una coma, dándolo por perfectamente válido.

"... a la tremenda conmoción de 1940/45, coronada con la explosión atómica, siguió un asombroso despliegue económico y tecnológico que alteraría el conjunto de las relaciones humanas, cambiando los modos de actuar y de reaccionar y anulando por consiguiente las tradicionales valoraciones al suscitar una nueva imagen del mundo en la mente común. Ni la organización del trabajo productivo, ni la manera de emplear en la diversión el tiempo libre, ni el mecanismo de transacciones y medios de pago, ni la estructura de la familia y la posición recíproca de las generaciones y de los sexos, para no hablar del edificio social, serían ya los mismos: la sociedad de masas se desarrollaría plenamente, y la fase última de la revolución industrial, la electrónica, transformaría de arriba a abajo las condiciones de la convivencia humana. Y, sin embargo, todo lo que se les había ocurrido en aquel momento crucial a los políticos y sabios de la hora fue tratar de restaurar los viejos edificios políticos y reafirmar sus anacrónicos principios, lanzando, tras la bomba atómica, esa fútil bomba "idealista": la Declaración Universal de Derechos del Hombre de 1948, colosal globo de viento, donde se inflan alegremente los postulados que tan eficaces fueron en un contexto histórico-social pretérito, pero que resultan inaplicables en las condiciones de nuestros días. (...).
En lo relativo a las estructuras políticas y sus mecanismos de gobierno, se pretendió creer que el dogma de las nacionalidades, tan incongruente con el descomunal progreso tecnológico, conservaba todavía su antigua validez, no obstante la incontrastable presencia de las llamadas "superpotencias"; y ni siquiera el intento de ensanchar las medidas del estrecho molde estatal integrando Europa en una unidad política para convertirla a su vez en "superpotencia" ha llegado por último a consumarse; mientras que, por lo demás, se procuraba rehacer la difunta Sociedad de Naciones, restaurando el fracasado proyecto kantiano de paz perpetua con esa Organización de las Naciones Unidas, cuya eficacia...¡a la vista está!
Consecuencia de todo ello es que el progreso tecnológico alcanzado, del que era legítimo esperar un mayor grado de bienestar para la humanidad entera, está poniendo en peligro su pervivencia misma. Durante los decenios transcurridos desde la segunda guerra mundial, que con la explosión de la bomba atómica (señal ominosa tanto como prometedora) abrió una nueva época, ese progreso ha continuado sin cesar, aumentando en manera prodigiosa el dominio del hombre sobre la naturaleza, hasta cumplirse la hazaña - asombrosa y vana - de explorar la Luna, una empresa cuyo éxito venía a demostrar cómo el impulso de dominación y conquista había alcanzado su último límite y tocaba ya lo absurdo. Pero en el terreno de la organización social no hemos dado en cambio los pasos indispensables. En cuanto a la aplicación de los medios de poder disponibles a una ordenación racional de las estructuras básicas de la convivencia humana, nos hallamos en la misma situación - aunque, claro está, agravada enormemente - que en la fecha de 1945, cuando este Tratado de Sociología terminó de escribirse. Por eso puedo afirmar hoy - y lo hago con pena, con profunda alarma - que su texto conserva plena actualidad. De hecho, estamos ya al borde del abismo" (Francisco Ayala. Madrid. Primavera de 1983)

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