1/11/08

"Magister Laetus": opulencia e inopia.

Meses atrás describía un fenómeno moderno característicamente nihilista, valga la redundancia. Me refería entonces a la posibilidad y a la tendencia creciente a negar o eliminar, siquiera sea de modo temporal, una aspecto de la sensibilidad. No querer ver, no querer oir, no querer oler... amputándonos una dimensión sensorial. Naturalmente se trata de un vicio de la voluntad, que no deriva de una carencia sensorial. Un vicio de la voluntad que vinculaba yo a la descomposición del mundo, que habríamos operado sobre su amable figura desde hace unos dos siglos. Colirios, protectores solares, tapones, mascarillas... - señalaba - son ya atuendo cotidiano y elemento de higiene diaria para numerosos urbanitas. Todo ello en medio de la inundación incontenible de la sociedad opulenta.
He recordado la vieja doctrina de la sagrada pobreza y su maravillosa y recurrente formulación en la obra del magister laetus o felicísimo doctor 1, sirve de ejemplo su análisis - nunca mejor dicho - sobre las ventajas de tener una sola pierna. Se puede resumir en la tesis de que la clave de toda privación radica en la acentuación del valor y su recíproca, la clave de la opulencia radica en la atenuación del valor. Opulencia o privación referidas a la más inmediata riqueza o pobreza, abundancia o escasez de bienes. Referida, en suma, a esos objetos que forman parte de la estructura de nuestra vida y que llamamos en español enseres, los mismos cuya multitud industrial pero sobre todo su debil duración hace tan "fluidos". Hemos de correr tras ellos tanto como podamos para permanecer en el sitio, si quisiéramos movernos habríamos de correr aún el doble de rápido, comentaba Alicia en su admirable país. Esta abundancia atenúa, sin duda, la percepción de su valor, pero descubrimos la mayor gravedad del fenómeno cuando reconocemos en los enseres la estructura del mundo, de modo que en su desvalorización y nuestra consecuente indiferencia vemos la raíz de nuestra insensibilidad. Cubiertos por una balumba de trastos se nos hace el mundo crecientemente opaco. Por eso desconfiamos de toda nueva revolución productiva, de toda otra definitiva revolución de las fuerzas productivas en cuanto fueran liberadas de unas relaciones sociales que las obturan o bloquean. Ya es excesivo llamar "relaciones sociales" al acaso remoto vínculo entre plenos individuos, pero no desesperamos de una revolución que nos permita volver a gozar de la calidad sensible de los enseres; lo que llevaría inmediatamente a la caída de todos los escudos protectores de nuestro ridículo atuendo, para volver a abrinos paso al mundo sensible y a la renovada fruición de los fenómenos. No es una revolución naïf, ni es tan sólo el avance de "valores postmaterialistas", es reclamar, en el sentido de volver a llamar, a las puertas del mundo, acaso esta vez alguien nos abra. Entiendo que esta reclamación se encuentra en la idea, del magister laetus, de una casa verdaderamente alegórica, que sería - descargada de brumas germánicas - la "casa del ser". Escribe Chesterton a su futura esposa:

"Mi intención (...) es construir una casa verdaderamente alegórica: explicar verdaderamente su significado esencial. Habría que escribir sentencias místicas o antiguas en cada objeto, y cuanto más prosaico fuera el objeto tanto mejor. "¿Has hecho tú que llueva sobre la Tierra?" debería estar escrito en el paragüero, tal vez en el paraguas. "Hasta los cabellos de tu cabeza están contados" proporcionaría un significado tremendo a los cepillos para el pelo; las palabras sobre el "agua viva" revelarían la música y la santidad del fregadero, y podría escribirse "Nuestro Señor es un fuego abrasador" sobre los fogones para ayudar a la contemplación mística del cocinero"


1. De este modo, puesto que "sutil" o "angélico" son adjetivos ya asignados, he querido llamar a D. Gilberto K. Chesterton.

1 comentario:

Xacinto dijo...

Magnífico apodo, pardiez.